sábado, 17 de octubre de 2015
CAPITULO 46 (segunda parte)
Con la ayuda de Pedro, había enfrentado parcialmente el miedo a las alturas antes de llegar a la Granja, pero aun así la mataba tener que ir despacio, cuando todo lo que quería era correr arriba y abajo por el sendero hasta encontrar a Agustina.
—Creo que deberíamos tomar un descanso —dijo Pedro después de que hubieran estado arrastrándose a lo largo del camino casi durante dos horas completas.
Ella negó con la cabeza.
—En realidad quiero llegar al sendero principal donde dijeron que fue divisada, antes de que nos detengamos.
Caminando con cuidado, continuó avanzando, asegurándose de mantener siempre una mano en la pared rocosa a su lado para sentirse más estable.
Gracias a Dios Pedro iba a menos de treinta centímetros tras ella. Sabía, sin duda, que estaría allí para atraparla si comenzaba a caer.
Nunca se había sentido cómoda con lo mucho que lo necesitaba. Pero esta búsqueda de Agustina había roto lo que le quedaba de su estúpido orgullo. Ella no había tenido opción excepto aceptar su oferta de ayuda en el hospital.
Tres días más tarde, su anterior independencia le parecía menos grandiosa y más solitaria.
Finalmente, tenía algo real a lo cual aferrarse. Tenía el amor de Paula. Él la amaba.
Sólo pensar en esas dulces palabras le quitaba el aliento.
Diez años después de la primera vez que se conocieron, considerando los diferentes caminos que sus vidas podrían haber tomado, en lugar de haber encontrado el amor y creado familias con nuevas personas, se habían redescubierto el uno al otro.
Era una segunda oportunidad después de todo.
Y no era menos que un milagro.
Paula no estaba ciega ante el hecho que todavía tenían muchas decisiones ante ellos.Dónde vivir, cómo manejar sus diferentes carreras.Pero se sentía confiada en que lo solucionarían todo. Y en que realmente habían superado su pasado.
Si simplemente se encontrara tan segura sobre encontrar a Agustina.
Por favor, rezó en silencio, necesito encontrar a Agustina hoy, allí arriba en esas montañas.
Sus súplicas apenas habían flotado hacia el universo cuando giró en una esquina y se detuvo en seco.
El estrecho camino que habían estado siguiendo había sido borrado. El musgo parecía fresco, probablemente ocurrió durante la tormenta de la noche anterior.
—El camino ha desaparecido, Pedro —dijo ella con voz apagada. Incapaz de evitar marearse—: ¿Y si las otras secciones han sido eliminadas y la policía tampoco puede llegar aquí arriba?
En lugar de responder, Pedro se desabrochó la mochila y sacó varios pernos de escalada.
—Voy a escalar y ver lo lejos que estamos del sendero que dejamos atrás — antes de avanzar, alzó la barbilla de ella con un dedo—. No te atrevas a preocuparte; esto es sólo un bache menor en el camino.
Ella se obligó a sonreír un poco, intentando desesperadamente mantener la fe.
Tras volver a ponerse su mochila, Pedro comenzó a trabajar rápidamente atornillando los pernos en la roca junto a ellos, utilizándolos como sujeción para las manos y pies y así poder escalar por encima de la roca. Demasiado pronto, desapareció de la vista.
Durante tres días, sólo la había dejado una vez, cuando la cabaña se había incendiado en el campamento. Después de diez años sola, sesenta segundos sin él tenían palpitando su corazón, especialmente cuando su cerebro rebobinó la conversación que acababan de tener antes de dirigirse hacia aquí: “¿Y si algún fan degenerado cree que este es el camino perfecto para finalmente encontrarte, arriba en las montañas con nadie más alrededor?”
No podía comprender por qué alguien querría llegar a causarle este tipo de problema. Pero aun así, se encontró a sí misma mirando hacia el bosque con ojos cautelosos, incluso el sonido de los pájaros y el crujido de las hojas en la brisa parecían sospechosos.
Dios, cómo odiaba permanecer impotente en este sendero esperando a que Pedro regresara.
Fue entonces cuando la idea la golpeó; no necesitaba esperar. Sabía cómo escalar la roca, y había dejado la mayor parte, si no todo, de su miedo a las alturas tras ella en esa primera roca a la que se enfrentó con Pedro dos días atrás.
Estaba extendiéndose hacia el primer conjunto de pernos cuando escuchó voces.
Pero, ¿con quién podía estar hablando Pedro allí arriba en un sendero sin marcar en mitad de la nada?
Su primer pensamiento fue que la policía ya había llegado.
Pero incluso desde la distancia lo que estaba escuchando no parecía una conversación amistosa.
Oh Dios, pensó con creciente alarma, ¿había estado Pedro en lo cierto? ¿Era el soplo anónimo una trampa?
Sabía lo que le diría; él insistiría en que se diera la vuelta, regresara a la Granja, llamara a la policía y esperara en algún lugar seguro por su regreso. Pero no había forma en que ella pudiera dejarle defenderse por sí mismo.
Pedro la había salvado muchas veces. Ahora era su turno de salvarlo.
Alcanzando los pernos, subió dejando el sendero. Su corazón inmediatamente comenzó a latir a toda velocidad, sus palmas comenzaron a sudar, y sus piernas temblaron como locas. Pero incluso cuando su cuerpo aún estaba dudando sobre si ella podía hacer esto, su corazón sabía lo contrario.
Pedro le había enseñado a cómo no tener miedo.
Respirando lenta y profundamente para calmarse, puso toda su atención en subirse sobre la roca, rehusándose a dejar una mísera pizca de espacio para que el miedo la arrastrara.
Conforme escalaba, los gruñidos y las maldiciones desde el otro lado del sendero se hicieron más altos, más intensos.
Moviéndose tan rápidamente como pudo sobre la roca sin resbalarse, finalmente subió lo bastante para ver hacia abajo por el otro lado del sendero.
Contuvo la respiración ante el extraño apuntando un arma hacia Pedro. Pero, en lugar de retroceder, Pedro se echó sobre el hombre, golpeándolo fuerte contra la roca junto al sendero. A ella le parecía que algo en el rostro del hombre le era vagamente familiar, pero no tenía tiempo de intentar situarle, no cuando necesitaba encontrar un modo de evitar que Pedro recibiera un disparo.
Conforme ella trepaba a través de la roca más rápido de lo que había pensado que podría, Pedro alzó la mirada.
—Paula, ¡qué demonios haces aquí! —gritó, distrayéndose momentáneamente al verla.
Y entonces, como en una película a cámara lenta, el hombre emitió un tremendo rugido y empujó a Pedro con todas sus fuerzas.
Su boca se abrió y pensó que gritó conforme las botas de Pedro se deslizaban en el resbaladizo sendero y su pesada mochila tiraba de él hacia el borde, enviándolo volando a través del delgado aire de la montaña.
CAPITULO 45 (segunda parte)
Los ojos de Pedro se abrieron cuando los primeros rayos de luz encontraron su camino a través de las finas cortinas.
Despertarse con una cálida Paula en sus brazos era tan bueno como siempre.
—Buenos días —dijo frotándose contra él como un gato juguetón. Él comenzó a besarla, pero cuando sus manos y boca se dejaron llevar, llamaron sonoramente a la puerta principal.
Paula se retiró de sus brazos, jadeando alarmada.
—Iré a ver quién es —dijo él, sus instintos inmediatamente diciéndole que no era otra bandeja de comida.
Algo había ocurrido.
Pablo estaba de pie en el porche, lucia intranquilo.
—La policía llamó. Acaban de recibir un soplo sobre Agustina.
—Iremos ahora mismo —dijo, girándose para encontrar a Paula de pie justo detrás suyo, aún enrollada en las sábanas.
Puso las manos en sus hombros y cuando ella alzó la mirada, leyó su miedo, su esperanza, incluso su amor por él en su rostro.
—Sea lo que sea lo que encontremos hoy, estarás bien.
Ella respiró profundamente antes de asentir débilmente. Se vistieron rápidamente, luego cruzaron la estrecha terraza de madera hacia la casa de Pablo, donde estaba esperándoles al teléfono.
Paula lo recogió y se identificó, escuchando atentamente mientras al policía que le daba la información.
Su voz sonó tirante cuando dijo:
—Pero cada minuto cuenta —luego—: ¿Hoy, más tarde? —y—: ¿Cuándo será eso exactamente?
Colgando, dijo:
—Los oficiales de policía con los que nos reunimos ayer querían hacerme saber que, aunque no han sacado nada de los testigos a los que interrogaron en el campamento, acaban de recibir un soplo anónimo de alguien que dice haber visto a Agustina caminando por uno de los senderos.
Como bombero de incendios forestales, Pedro sabía que aunque los soplos anónimos podían ser útiles, a veces no servían para nada. Sospechaba que eso era lo que la policía había estado explicándole a ella.
— ¿Cuál sendero? —preguntó Pablo.
—Notch Mountain —dijo ella, su expresión casi enfadada—. La policía dice que definitivamente van a seguir el soplo —utilizó sus dedos como comillas—. “Cuando podamos”, fueron sus palabras exactas —de sus ojos verdes saltaron chispas—. Cuando lo presioné sobre ello, dijo que parte del problema es que le llevará tiempo a alguien subir a tan remota localización. Pero no estoy dispuesta a esperar a la policía, iré a comprobar el sendero yo misma. Porque si alguien piensa que la vio...
Pedro sabía que Paula estaba desesperada por ponerse en marcha y, aunque, todavía no había decidido su próximo movimiento, sacó el mapa que Pablo les había entregado el día anterior.
—Muéstranos dónde está el sendero. Pablo pasó su dedo a lo largo del papel.
—Corre por ocho kilómetros desde aquí hasta aquí.
Pedro estudió el mapa por un momento.
—No veo ningún acceso a ese sendero desde esta propiedad.
—En realidad —dijo Pablo— hay un sistema de senderos privados que los lugareños han utilizado en estas montañas por años y los conducen directamente a ese.
Pedro alzó una ceja ante las obvias implicaciones de semejante sistema de senderos.
Pablo respondió a su pregunta no formulada.
—Personalmente, nunca he sido testigo de nada ilegal en los senderos. Sin embargo, no puedo hablar por nadie más que por mí mismo.
Con la mano en el pomo, claramente nerviosa por salir hacia el sendero ahora mismo y buscar a Agustina, Paula dijo:
—Voy a terminar de vestirme.
En lugar de seguirla, Pedro escribió el nombre de Will, su teléfono móvil, y el número de contacto de la estación de las Rocosas en un trozo de papel para Pablo.
—Honestamente, no espero que este soplo anónimo vaya a aclararnos mucho, pero en el caso de que Paula y yo no regresemos para mañana por la mañana, agradecería que llamaras a mi amigo. Es piloto de helicópteros para el equipo local de HotShot. Si algo ocurre, él será capaz de encontrarnos antes que nadie más.
Pablo frunció el ceño.
—No creerás que esto es una trampa, ¿no? La policía no los enviaría a un lugar erróneo, ¿verdad?
—No, definitivamente los policías no se mezclarían con nosotros, pero bien pensado, dudo que esperen vernos allí arriba en el sendero buscando a Agustina por nosotros mismos —Pedro pasó una mano por su cabello, frustrado por la ausencia de buenas pistas—. El problema es que Paula no es una persona aleatoria buscando a su hermana. Es una figura pública y no puedo desechar la opción de que alguien haya organizado todo el asunto del secuestro de Agustina como medio para conseguir llegar a ella.
Dirigió una mirada severa hacia Pablo.
—En este punto, no sé si debería confiar en alguien que acabamos de conocer. Incluyéndote a ti.
—Entonces, ¿por qué me estás dando esto? —preguntó Pablo, sosteniendo la información de Will.
—Todo lo que tengo es lo que la intuición me dice.
—¿Qué es?
—En pocas palabras, causas una mala primera impresión, pero creo que eres legal. También pienso que este lugar que tienes aquí arriba podría haber sido turbio en algún momento, pero ya no.
Paula se estaba recogiendo el cabello en una cola de caballo cuando él regresó andando a la casa de invitados.
—¿Qué deberíamos llevar?
Pedro le quitó la mochila y la bajó al suelo.
—Cálmate. Tenemos que ser cuidadosos y pensar esto antes de salir corriendo tras cualquier soplo anónimo.
—¿Qué hay que pensar? —argumentó, su suave boca ahora rígida y firme— Alguien vio a Agustina en el sendero y necesitamos ir a ver si todavía está allí.
—No sabemos con quién estamos tratando o cuáles son sus motivos. Por lo que sabemos, esta historia ha sido filtrada a la prensa y cualquiera podría haber dado este soplo a la policía —queriendo ser perfectamente claro, dijo—: ¿Y si algún fan degenerado cree que este es el camino perfecto para finalmente encontrarte, arriba en las montañas con nadie más alrededor?
Sus mejillas se sonrojaron, sus puños se apretaron y dijo:
— ¿No puedes ver que no puedo siquiera pensar en algo así ahora mismo? No me voy a quedar sentada cuando finalmente hay algún lugar dónde buscar a mi hermana. Estoy harta de tomarme tiempo para pensar en las cosas. ¿Dónde nos ha llevado eso? ¡A ningún sitio! Agustina todavía está desaparecida. Cualquier cosa podría estar ocurriéndole ahora. Voy a ir tras ella, Pedro. Tengo que hacerlo.
Ella dejó caer las manos a los lados.
—Lo siento —dijo en un susurro de voz—. No debería estar gritándote a ti. Sólo estás intentando ayudar.
Puso los brazos alrededor de ella.
—No tienes que disculparte por nada, cariño. Tienes razón; no tenemos otra opción que salir hacia ese sendero. Con suerte, Agustina nos habrá dejado una pista.
Durante los últimos tres días, Paula se había enfrentado a continuas pruebas físicas y desafíos que nunca había planeado abordar. Rafting, escalada y larga caminatas de senderismo por caminos extremadamente estrechos como este, donde un paso en falso dejaba caer cientos de rocas a sus pies.
CAPITULO 44 (segunda parte)
Los ojos del hombre no habían abandonado a la chica en toda la noche, en parte para asegurarse de que no escapaba, en parte para revisar que no moría antes de que su hermana llegara. No había conocido su propia fortaleza hasta ahora, no se había percatado de que podía golpear tan fuerte.
Incluso cuando apenas había dormido en dos días,no estaba particularmente cansado. No cuando la ira le alimentaba.
La tarde anterior, había dejado el campamento completamente furioso. No había tenido una sola oportunidad de agarrar a Paula. No con el gran bombero cerniéndose sobre ella como una molesta mosca. Pero había escuchado desde el margen cuando hablaron con la policía, sabía que se alojaban en la Granja de Pablo Cohen. Hace veinte años, habían tenido amigos comunes, pero Pablo había terminado estando más en la paz que en vender marihuana, desapareciendo en el bosque para vivir con sus amigos amantes de las plantas, muy lejos de los chicos empapados en metanfetamina que hacían grandes negocios.
Se había percatado entonces de que tenía que idear un plan alternativo. Y entonces se le ocurrió, el cebo perfecto, con una pista para encontrar a su hermana, seguro que ella no se podría resistir a seguirla.
La chica había estado débil, pálida y sudorosa para cuando la sacó de su maletero y la arrastró de vuelta al armario.
Quizás la había dejado demasiado tiempo al sol, con poco oxígeno, pensó desapasionadamente. Al menos, aún respiraba.
Inmediatamente sobornó a Mickey y le dijo que no regresara.
El resto de sus variopintos empleados que preparaban drogas estaban aún de vacaciones, lo que lo dejaba solo con la chica. Fácilmente podía haber hecho uso de su cuerpo inconsciente, pero aparte del hecho de que nunca le habían gustado las rubias, el sexo no se encontraba ahora como una señal luminosa en su radar. Sólo lo guiaba la venganza.
Había estado sumamente tentado en poner su plan en marcha esa tarde, pero podía ver que la gran tormenta que se acercaba complicaría las cosas.
Sabiendo que la débil chica en el armario no iría a ningún lado, no en las condiciones actuales por lo menos, y que las repentinas lluvias terminarían para mañana, decidió esperar pacientemente, dejar que la ira hirviera un poco más.
Al amanecer, salió y vio que era otro hermoso día en las montañas Rocosas. El día perfecto para un asesinato. De hecho, dos.
Cinco minutos después de hacer una corta llamada telefónica con una línea irrastreable, agarró las llaves, se ató los cordones de sus botas de montaña y se dirigió a la puerta.
Paula Chaves y su novio de hombros anchos, estaban a punto de caminar directamente en su trampa.
viernes, 16 de octubre de 2015
CAPITULO 43 (segunda parte)
Él no podía creer que ella le estuviera dando la oportunidad, finalmente, de hacer las cosas bien, especialmente después de que había hecho tantas cosas mal. No sólo la había fastidiado al dejarla sola por tantas semanas tras el aborto espontáneo, sino que cuando ella huyó a San Francisco, ¿por qué no se había puesto de rodillas y le había rogado que regresara a casa?
No podía fastidiarla de nuevo. Ella merecía el cuento de hadas esta vez. Se merecía ser cortejada. Se merecía saber sin duda alguna que podía contar con él para estar allí para ella. Para siempre.
Mal interpretando su silencio, Paula se apoyó sobre un codo y le sonrió.
—Está bien, Pedro —dijo suavemente—. No tengo ninguna prisa. Y no quiero presionarte a nada. Sólo quería decirte lo que estoy sintiendo, que me he vuelto a enamorar de ti otra vez. Y nada de lo que tú digas o no digas me hará cambiar de opinión.
Su hermosa piel estaba sonrojada y ruborizada mientras tomaba su mano y la ponía en el centro de su pecho.
—Nada va a cambiar lo que hay en mi corazón.
Lentamente, acariciando el punto palpitante en su cuello con la punta de sus dedos, supo que nunca se cansaría de mirarla, de besarla y de reírse con ella.
— ¿Y si soy yo el que tiene prisa? —preguntó con un tono de voz ronca.
Sus ojos se abrieron sorprendidos y cuando sus largas extremidades se movieron contra las suyas, el sensual roce de sus cuerpos se elevó a otro nivel.
—Yo también te amo —dijo él—. Nunca dejé de amarte, Paula. Sólo traté de convencerme a mí mismo de lo había hecho.
—Fuiste bastante convincente —bromeó ella, pero él odiaba escuchar las persistentes dudas tras sus palabras.
—No, fui un idiota. Y sólo espero poder ser el hombre que necesitas que sea esta segunda vez.
Sus labios se presionaron suavemente contra los de él.
—Nunca te quedarás sin oportunidades conmigo, Pedro. Soy tuya a partir de ahora, tanto si me quieres como si no.
Él agarró su perfectamente moldeado trasero y tiró de ella contra si de forma que su creciente erección estaba anidada entre sus suaves muslos.
—No tienes ni idea de cuánto te quiero. Te he querido cada segundo, incluso cuando estabas en esa cama de hospital diciéndome que me largará de allí.
Él pasó sus dedos a través de su plano estómago y ella contuvo el aliento mientras lentamente las puntas de sus dedos trazaban un camino por su abdomen y la suave hinchazón de sus senos, hasta que piel de gallina la cubrió.
Queriendo tocar cada centímetro, él movió las manos para acunar sus senos con sus palmas, luego frotó sus pulgares sobre sus prietos pezones.
—Pedro —jadeó ella— se siente tan bien. Me haces sentir tan bien.
Él bajó la boca hacia uno de sus perfectos pezones erectos y ella se arqueó hacia su boca, intentando acercase más y se asombró de cuán receptiva era ante el más ligero roce de sus dientes sobre su sensible piel.
— ¿Cómo pude haber vivido sin ti tanto tiempo? —preguntó él mientras pasaba su boca hacia abajo por su torso, dirigiéndose hacia la suave carne en la parte inferior de sus perfectos senos, su suave estómago, luego aún más lejos, bajando a la sombreada V entre sus muslos.
Sus dedos la encontraron primero, húmeda y resbaladiza, y luego, ella estaba abriendo las piernas para él y empujando su pelvis contra su mano. Sabiendo lo que quería, él deslizó un dedo dentro de su calor en el momento exacto que cubría su montículo con la boca.
Adorando sus gritos de placer, poco a poco hizo remolinos con su lengua sobre la dura protuberancia de su excitación mientras deslizaba su dedo dentro y fuera de ella.
¿Cómo pudo haber pensado que alguna vez tendría bastante de ella? Qué idiota había sido.
Y entonces, ella estaba pateando fuera las sábanas, deslizando hacia abajo su torso, los pezones de ella marcando su pecho, y casi estaba demasiado profundo en su niebla de deseo para percatarse de que Paula había abierto las piernas y las enroscaba alrededor de su cintura.
Oh Dios, se sentía tan bien cuando lo tomó dentro, alto y profundo, una y otra vez hasta que él perdió el control y estuvieron conduciéndose uno en el otro, recuperando el tiempo perdido con cada embestida.
Era tan fácil decir “te amo” de nuevo y, a continuación, ella estaba gimiendo su nombre y sus músculos internos estaban tirando y apretando su eje mientras él rugía de placer.
En las repercusiones de hacer el amor, con sus estómagos llenos y sus cuerpos saciados, se sostuvieron fuertemente el uno al otro y durmieron.
CAPITULO 42 (segunda parte)
Las intensas palabras de Pedro la hicieron temblar mientras él trepaba bajo las limpias sábanas blancas. Ella se estiró y él le acunó el rostro con sus largas y maravillosamente talentosas manos mientras la besaba, un musculoso muslo atrapándola debajo suyo de la forma más deliciosa. Paula había soñado con besarle de nuevo, tantas veces, más veces incluso de lo que alguna vez admitiría, pero yacer en el medio de sus duros músculos, presionar sus labios contra los de él, sentir el comienzo de su barba sobre su piel, simplemente la asombró.
Sintiendo que la estaba dejando llevar el mando, depositó suaves besos por sus labios, una y otra vez mientras volvía a aprender su contorno, los lugares ultra sensibles, los sitios donde ambos solían perderse en el placer. Pero su lengua no era lo bastante paciente y se deslizó en las comisuras de su boca, luego entre sus labios para pasar por sus delicados dientes.
Y entonces, de repente, él dejó de besarla. Sin saber por qué, ella siguió su mirada hacia sus brazos. Había estado un poco sorprendida en la ducha al ver esas magulladuras cubriendo ambos brazos como un tatuaje.
—Debiste decirme que estabas herida.
Imaginando que se había hecho esas magulladuras durante su expedición por los rápidos, ella dijo:
—Sanaré —pero no quería concentrarse en nada excepto en el hombre con quien compartía la su cama. Pasó las manos por su pecho y sus músculos abdominales—. Dios mío —dijo ella con veneración— eres increíble.
Su boca convirtiéndose en una sonrisa, se burló de ella.
—Estás actuando como si me vieras desnudo por primera vez.
Ella presionó una serie de besos a lo largo de sus anchos pectorales.
—Entonces éramos sólo unos niños. Y realmente estás envejeciendo bien — alzó la mirada hacia él y se lamió los labios—. Muy, muy bien.
—No tan bien como tú —dijo entre besos—. No pensé que hacer el amor contigo pudiera ser mejor que antes. Pero me has sorprendido otra vez, cariño.
Sus pezones se endurecieron contra su pecho y la V entre sus piernas se volvió incluso más caliente ante sus palabras.
Él tenía razón. Siempre habían encajado bien. Diez años después de su primera vez, no podía imaginarse haciendo el amor con otro hombre.
Pedro era el único hombre con el que quería compartir su cama para siempre.
Pero su unión era demasiado reciente y no quería decir nada que pudiera asustarle, así que simplemente volvió a besarlo y presionó sus senos y caderas contra su duro y cálido contorno para decírselo con su cuerpo.
Su respuesta fue rápida, una mano se curvó detrás de su cabeza, la otra se movió hacia abajo para ahuecar su trasero. Su gruesa erección empujó entre sus piernas, avivando fácilmente su fuego interior.
—Eres mía —susurró contra sus labios, antes de aplastarlos bajo los suyos.
Ella sintió la verdad de sus palabras en lo profundo de sus huesos, antes de entregarse completamente al placer.
Nadie besaba tan bien como Pedro. Nadie sabía dónde morder o cuán fuerte. Nadie más había encontrado nunca el lugar exacto para lamer o los lugares escondidos que a ella le gustaba que fueran acariciados.
Sólo Pedro.
No sabía cuánto tiempo se besaron. Un minuto. Una hora.
Todo lo que sabía era que estaba ahogándose en deseo, desesperada por liberarse y que esta vez no quería correrse sin él.
Pedro se apartó para poder mirarla, su mirada moviéndose por todos los sitios, fijándose en sus ligeramente más generosas caderas y luego en las magulladuras y arañazos que había recibido allí en Colorado.
—Tan hermosa —susurró—. Eres tan condenadamente hermosa.
Su afirmación envió nuevas llamaradas ondeando a través de ella, sobre ella, mientras sus manos ahuecaban la parte inferior de sus senos, juntándolos y, luego, su lengua encontró de nuevo sus pezones y ella gimió de placer.
Queriendo acercarse, Paula arqueó su espalda mientras él ahuecaba la húmeda V entre sus piernas con su palma. Ella jadeó, involuntariamente empujando su montículo contra su mano. El talón de su palma se meció contra ella y, otra vez, estaba muy cerca, justo al borde de la explosión.
Sus extremidades se sentían como mantequilla fundida y quería pasar horas saboreando cada centímetro de su cuerpo, pero la verdad era que lo necesitaba desesperadamente como para tomar esa clase de tiempo o tener mucha paciencia. No cuando no podía resistirse a la necesidad de enroscar sus dedos alrededor de su eje. Él se retorció varias veces seguidas en su mano, tan duro y grande que se preguntaba por enésima vez si estaba soñando.
Ningún otro amante lo había igualado en tamaño o habilidad, pero, de nuevo, los recuerdos no estaban a la altura de la realidad de este hombre que ahora ella sostenía en la palma de sus manos. Moviendo su mano lentamente arriba y abajo por su dura longitud, lo escucho gemir, un sonido que era mitad dolor, mitad placer, y ella sonrió mientras depositaba suaves besos en su hombro, su pecho, finalmente, encontrando su pezón con la lengua.
Ella no se sorprendió cuando él le retiró los dedos y la empujó de espaldas sobre la cama. Un resorte la empujó en un lugar doloroso en sus costillas y ella hizo un gesto de dolor.
Pedro se quedó inmóvil.
—No he sido lo bastante suave.
—Estoy bien —insistió ella—. Mejor que bien. Nunca me he sentido tan bien en toda mi vida.
Para asegurarse que no intentaba hacerse el héroe de nuevo complaciéndola y luego alejándose insatisfecho, ella enroscó firmemente sus piernas alrededor de él. Estaba tan lista, había estado soñando con él durante diez largos años, tarde en la noche cuando era incapaz de controlar su subconsciente, así que todo lo que tomaría era una penetración para enviarla tambaleante a otro orgasmo.
Pedro la llevó más y más alto, cubriendo sus gritos de placer con un beso apasionado mientras sus músculos le apretaban, tirándolo hacia adentro con cada zambullida.
Cerrando los ojos fuertemente, se vanaglorió en cada último segundo de éxtasis.
Cuando finalmente bajó del increíblemente alto subidón, se percató de que él todavía estaba enorme en su interior.
Mirando dentro de sus ojos, ella susurró:
—Pedro —incapaz de expresar todo lo que estaba sintiendo por él, simplemente pronuncio su nombre.
Él no dijo nada, pero ella ya sabía lo que estaba sintiendo puesto que lo leyó en sus ojos, en su rostro, en el modo en que la tocaba.
Y entonces, él comenzó a moverse otra vez, más despacio, sus manos se movieron de sus caderas hacia su cintura, luego sobre sus senos, y ella gimió mientras nuevas oleadas de placer la recorrieron, todo el camino hasta la punta de los pies.
Estaba ardiendo en sus brazos, piel de gallina moviéndose sobre su piel mientras él la besaba suavemente. Mientras rodaba sus pezones entre su pulgar e índice, un gemido se escapó de sus labios ante las increíbles sensaciones que continuaba evocando en ella. Todo el tiempo, Pedro se movió lentamente dentro, luego fuera, retrasando su propio orgasmo para que ella pudiera estar justo allí con él cuando se corriera.
Paula envolvió sus piernas incluso más apretadas alrededor de su cintura y puso sus manos en sus hombros, tirando su cabeza hacia abajo. Sus labios se tocaron y ambos se cernieron sobre el borde, sus caderas sacudiéndose en un ritmo perfecto, sus manos y bocas agarrándose unas a otras.
Más tarde, ella yacía contra su pecho, respirando con dificultad mientras él acariciaba su cabello y le besaba la frente, no intentó mantener al margen la verdad de lo que estaba en su corazón.
—Te amo, Pedro.
CAPITULO 41 (segunda parte)
La necesidad de Pedro por Paula se sentía similar a tratar de resistir contra una fuerza imparable. Pero había sido un día difícil y aunque ella pensaba que el sexo era lo que quería, él tenía que aceptar que era el estrés el que hablaba.
Por encima de todo con lo que estaba lidiando, no quería que también tuviera que arrepentirse de hacer el amor con él.
¿Pero cómo podía forzar su pie sobre el freno cuando estaba hipnotizado por su voz, por su hermoso rostro expresivo, por el anhelo en sus ojos mientras se acercaba?
—Al principio —dijo ella suavemente— cuando estábamos juntos en la ducha, todo lo quería era intentar olvidar. Pero ahora, todo lo que quiero es seguir creyendo. Durante mucho tiempo, no creí que fuera posible. No tenía fe en que tú y yo podíamos alguna vez volver a encontrarnos —levantó una mano hacia el rostro de él y pasó su pulgar por sus labios—. Pero ahora sé que si tú y yo podemos olvidar y forjar un nuevo comienzo, entonces todo es posible. Incluso encontrar a Agustina.
Él enhebró sus dedos a través de su cabello y, entonces, estaban besándose, sus lenguas danzando juntas.
Reavivando los recuerdos, colisionando con la sensación de que él estaba amándola por primera vez.
Incapaz de ir despacio cuando había estado anhelándola por tanto tiempo, mordisqueó y chupó su dulce boca, el sensible arco en el centro de su labio superior, la seductora carne del labio inferior.
Moviendo sus manos hacia abajo por su espalda, hacia la curva de sus caderas, la acercó, su hambrienta erección palpitando y latiendo contra su vientre.
—Ha pasado tanto tiempo —confesó él contra sus labios—. No sé si puedo ir despacio.
La sintió sonreír de nuevo y la escuchó decir:
—No lo quiero despacio. Sólo te quiero a ti.
Fue todo el estímulo que necesitaba para dejar suelto al animal que llevaba dentro. Segundos después, estaba rasgando su camiseta, tirando hacia abajo sus pantalones, mientras ella imitaba los movimientos con sus manos sobre su ropa. Y entonces, estaba desnudo y la piel de ella estaba desnuda debajo de sus dedos y él perdió la última pizca de caballerosidad y de paciencia.
Bajándole el sujetador, presionó sus senos con sus palmas y chupó la dulce carne en su boca. Gimiendo de placer, ella arqueó su espalda y sus pezones sobresalieron contra su lengua.
Retrocediendo para intentar no perderse por completo, cometió el error de mirarla. Con la cabeza echada hacia atrás en éxtasis y la piel sonrojada por la excitación, era una diosa y en lugar de calmarse, se dejó caer sobre sus rodillas, bajándole las bragas mientras derramaba besos a lo largo de su vientre plano. Ella abrió sus piernas aún más y fue toda la invitación que necesitó para tomar su calor en la boca.
Sus manos agarraron su cabello húmedo por la lluvia y su nombre reverberó en las paredes. Utilizando sus hombros para mover sus piernas aún más ampliamente, le agarró las caderas con las manos y la mantuvo firme. Pasó su lengua sobre ella en largos lametazos, finalmente situándose en la dura protuberancia de su clítoris.
Sabía tan bien. Ella siempre había sido muy receptiva cuando la amaba así, su cuerpo tembló en sus manos.
Ligeramente arremolinando su lengua contra su excitación, cambió el peso de ella para poder sostenerla con una sola mano. Necesitando estar en su interior incluso mientras la hacía correrse con su lengua, deslizó un dedo dentro de su apretado canal, sus músculos internos agarrándolo y tirándolo más profundo.
Podía sentir lo cerca que estaba, sabía que estaba a punto de explotar, así que deslizó otro dedo junto al primero, y conforme los movía dentro, luego fuera, chasqueó rápidamente su lengua por su clítoris y la llevó todo el camino por encima del borde.
Todavía estaba jadeando de placer cuando la bajó, sosteniendo sus caderas a centímetros de la punta de su duro eje.
Se obligó a sí mismo a decir:
—No tengo ninguna protección.
—No importa —fue su inmediata respuesta y, entonces, ella estaba deslizándose hacia abajo sobre su duro eje y tomándolo dentro, su expresión fue de completa satisfacción. Completo placer. Montándolo salvajemente, ella se movió hacia arriba, luego hacia abajo sobre su polla, e incluso cuando una parte de él quería reducir la velocidad y saborear cada momento de su polvo, estaba bastante lejos de hacer nada que no fuera gritar su nombre y rendirse ante uno de los más poderosos orgasmos de su vida.
Los segundos se convirtieron en minutos mientras se sostenían el uno al otro. Muchas veces, en el transcurso de su carrera como HotShot, Pedro había corrido laderas casi verticales, pero nunca había tenido tantos problemas para recuperar su respiración.
Con las largas extremidades de Paula todavía entrelazadas alrededor de él, finalmente se puso de pie, llevándola al dormitorio.
—No podía esperar ni un segundo más para tenerte, pero ahora me tomaré mi tiempo. Quiero volver a aprender cada centímetro de tu cuerpo, Paula. Cada hermoso centímetro.
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