lunes, 12 de octubre de 2015
CAPITULO 29 (segunda parte)
Paula se sintió aliviada de haber encontrado este momento de comprensión mutua. Habían sido demasiado jóvenes, demasiado ingenuos para haber actuado con mala intención.
Habían sido dos niños confundidos, así de simple.
No había manera de saber a dónde irían desde aquí, o si alguna vez estarían dispuestos a arriesgar sus corazones el uno por el otro de nuevo, pero algo le decía que cualquiera que fuera la decisión que terminaran haciendo, sería la correcta.
Para ambos.
—Gracias por ser tan sincero conmigo —dijo ella. Su sonrisa en respuesta la dejó sin aliento.
— De nada —él asintió hacia la roca—. ¿Qué tal si tú y yo escalamos esa pared?
Forzó un asentimiento, esperando parecer más valiente de lo que se sentía.
—Vamos a colocarte esto —dijo Paula, recogiendo su arnés de nuevo, y se obligó a poner la pierna en los agujeros del arnés que se supone debía sostenerla en el aire. Las manos de Pedro llegaron alrededor de su cintura, cerrando totalmente el cinturón.
—Vas a estar bien —dijo en voz baja.
Si había alguna manera de poder evitar subir un muro en el aire, ella detendría la locura aquí y ahora. Sin embargo, con una pared de roca interponiéndose entre ella y la búsqueda de Agustina, no tenía más remedio que subir.
Él se inclinó aún más cerca, su boca rozando contra su oreja.
—Voy a estar justo detrás de ti. No voy a dejar que nada te pase.
El recuerdo de otra ocasión cuando él le había dicho esas palabras, justo después de hacer el amor por primera vez, se estrelló contra ella. Perdió el equilibrio y tuvo que llegar a la roca para estabilizarse y reorientarse.
—Si comienzas a caer, esto es lo que haces.
Ella lo vio torcer las cuerdas alrededor de sus brazos y cintura, como si su vida dependiera de ello. Lo hacía.
—Vas a liderar la escalada. Iré en la retaguardia.
Por enésima vez, trató de proyectar una confianza que sin duda no sentía. En ese primer año cuando fue la anfitriona del Informativo de la Costa Oeste, había hecho lo mismo.
Nadie había sabido que sus rodillas estaban entrechocando debajo de su vestido. Y Paula no tenía que saber que ella estaba prácticamente teniendo un infarto solo de mirar hacia la pared de roca.
Una vez más, él era un excelente profesor, muy paciente, mientras la instruía en cómo atornillar los pernos de metal en la roca,luego cómo recortar sus mosquetones en ellos.
Los primeros metros no estuvieron tan mal y ella fue capaz de decirse a sí misma que si caía, posiblemente se rompería algo, pero se marcharía más o menos indemne. Aun así, con cada nueva mano y punto de apoyo, su respiración se hizo más dificultosa. Paula le decía dónde poner sus manos y pies y ella hizo exactamente lo que le decía.
Hasta que cometió el error de mirar hacia abajo.
Su estómago se revolvió y se congeló en el lugar. Minutos que parecieron horas mientras se aferraba a la roca. Todo el peso estaba en la punta de los dedos de sus pies y sus músculos comenzaron a tener espasmos.
— ¿Paula? Habla conmigo.
—No puedo hacer que mis piernas dejen de temblar —admitió ella con los labios secos.
Paula se acercó a ella sobre la roca y desabrochó su mochila para poder transferirla a sus propios hombros.
—Apóyate en mí un segundo.
Ella no dudó en tomar su oferta.
—Todo el mundo consigue piernas de máquina de coser en su primera escalada.
El hecho de que él estuviera hablándole como si estuvieran sentados en una cafetería en vez de aferrándose a una roca fría a un centenar de metros en el aire, ayudó a romper su pánico. Tenía que seguir su ejemplo, mantener la conversación, fingir que estaba filmando un programa en vivo.
— ¿Incluso hay un nombre para lo que mis piernas están haciendo?
—Por supuesto. Es perfectamente normal.
No se ofreció a ayudarla a bajar de la roca y ella apreció lo bien que la conocía. A pesar de que estaba asustada, no podía alejarse y no ayudar a Agustina.
—Quiero que confíes en mí, Paula. Dime por qué tienes miedo a las alturas.
Estaba tan sorprendida por lo que él estaba preguntando que por un momento se olvidó de que estaba colgando en el borde de un acantilado.
—Sólo lo tengo.
Él se rió suavemente, el ligero sonido corriendo por sus venas como un sedante.
—Buen intento. Ahora, ¿cuál es la verdadera razón?
Dios, ella no lo sabía. Siempre había permanecido lejos de escaleras y tejados. Pero antes de que pudiera decirle esto a Paula, una imagen pasó por su cabeza y se quedó sin aliento.
—¿Qué es? —preguntó él, sosteniéndola firmemente con su cuerpo. Su respiración se hizo rápida otra vez.
—Creo que vi a un hombre caer cuando era una niña.
—¿Quién era?
Ella cerró los ojos, trató de ver su rostro.
—No lo sé.
Pero algo le dijo que era importante, sobre todo cuando pensaba en la forma en que su madre se había comportado más tarde, llorando y enfureciéndose con Paula.
—Creo que fue uno de los novios de mi madre.
En un tono conciliador, Pedro dijo:
—El hombre cayó, Paula. No tú. No fue tu culpa. No eras más que una niña que vio demasiado.
Sorprendentemente, su corazón comenzó a desacelerarse.
¿Estaba en lo cierto?
¿Podía haber desarrollado una fobia a causa de lo que había visto pasar a alguien más?
— ¿Quieres hablar de eso un poco más?
Su corazón se hinchó, sabiendo que él ya no estaba enfadado con ella, que por lo menos podían salir de esto como amigos, ayudándose uno al otro.
—No, creo que ya estoy bien.
—Bueno. Entonces, vamos a tratar de hacer esto de manera diferente. Vamos a subir juntos.
Dios lo amaba, lo hacía sonar tan fácil.
— ¿Cómo?
—De esta manera, contigo acunada contra mi cuerpo. Voy atar la correa de tu arnés a través del mío. Cada movimiento que hagas, lo hare contigo.
Una vez más, en lugar de hacerla sentir como una idiota por bucear en aguas más profundas de las que podría nadar, él estaba poniendo su propia vida en peligro. Por otra parte, ¿él no había saltado en esta misión de rescate sin pensar en sí mismo desde el principio?
—No puedo dejarte hacer eso, Pedro. Podría matarnos a ambos.
El ruido sordo de su risa sopló a través del lóbulo de su oreja de nuevo.
—No te preocupes, nena, no voy a dejar que lo hagas.
De todos los lugares insanos para estar caliente por un hombre, éste se llevaba el pastel, atrapados en el lado de una roca, envueltos en cuerdas. Se le ocurrió, entonces, que él había hecho lo imposible. Había aliviado su miedo lo suficiente como para que este loco deseo se precipitara de nuevo.
Poco a poco, centímetro a centímetro, subieron juntos. No podía ver el suelo alrededor de su gran cuerpo, lo cual era una cosa muy buena dado lo que había sucedido la vez anterior que había mirado hacia abajo. Ella concentró toda su energía en la cima y aunque el alpinismo era una de las cosas más difíciles que jamás había hecho, antes de que se diera cuenta, realmente estaba subiendo por la ladera de una montaña.
—Tenemos todo bajo control —dijo Pedro.
Segura en la curva de su gran cuerpo, Paula casi le creyó.
Los músculos de sus brazos, piernas y estómago dolían mientras abrazaba a la pared. Incluso los períodos de descanso en los que se aferraban a una pequeña repisa para que ella pudiera recuperar el aliento, eran trabajo duro.
Y luego, después de lo que pareció una eternidad, pero que probablemente sólo fueron veinte minutos más o menos, ella estaba agarrando el borde de la roca y tirando de sí misma hacia la parte superior del acantilado.
Pararse en la cima trajo una inesperada sonrisa a su cara.
No podía creer lo poderosa que sentía después de enfrentarse a uno de sus mayores temores. Con su primer ascenso completado, fue capaz de ver qué gran descarga de adrenalina había sido. Era una sensación nueva, totalmente diferente a la prisa de grabar un programa en vivo para millones de espectadores.
Había asumido que sería una ruina completa después de escalar la roca, pero sucedió lo contrario. Se sentía invencible, lista para cualquier reto que le llegara, lo cual era bueno, porque los desafíos se alineaban frente a ella, uno tras otro.
¿Por qué, se preguntó de repente, había tenido miedo a las alturas durante tanto tiempo?
¿Y a qué más que no debería tenerle miedo?
Se pusieron sus pesadas mochilas y cuando llegaron al camino de senderismo, Pedro dijo:
—Tú marcas el ritmo. Si mis coordenadas son correctas, deberíamos estar allí en unos treinta minutos.
Ella abrió la marcha por el estrecho sendero de ciervos, moviéndose constantemente y estuvo realmente agradecida por el duro trabajo físico, por cualquier cosa en la que enfocarse además de sus preocupaciones sobre su hermana, las cuales sólo se incrementaban a medida que se acercaban a la comuna.
Mirando constantemente hacia su reloj, los minutos pasaban.
Veinticinco, luego veinte, luego quince mientras atravesaban un empinado zigzag, hasta que de pronto, Pedro la agarró del brazo.
—Estamos aquí.
Miró a su alrededor y no vio nada más que troncos de árboles y arbustos, pero sabía que el GPS en el reloj de Pedro era exacto. Él hizo un gesto para que le diera su mochila y cuando lo hizo él deslizó sus dos bolsas en los arbustos.
— ¿Estás lista para hacer esto?
El corazón de Paula saltó a su garganta, pero ella dijo:
—Estoy lista.
CAPITULO 28 (segunda parte)
Pedro vio confusión, incluso duda, correr a través de la hermosa cara de Paula.
—Pero nunca te vi —protestó ella, antes de admitir— no fui exactamente fácil de encontrar, ¿verdad?
—Te encontré —dijo, sus palabras eran más duras de lo que deberían ser.
Sus manos se movieron a su pecho, casi como si sintiera la necesidad de proteger su corazón.
—Entonces, ¿por qué no me dijiste que estabas allí?
Dejó caer el arnés en la arena y se alejó de ella, recordando ese día inusualmente cálido en la niebla de San Francisco.
Había aparcado fuera, en la dirección del remitente de la carta de Paula que había encontrado en una pila de correo sin abrir en el remolque de su madre. Dora no parecía haber sabido, o no le importaba, que su hija hubiera roto con su prometido y se hubiera ido del pueblo, y Pedro no pudo evitar preguntarse si Paula estaba huyendo de algo más que de él.
Había estado a punto de salir de su camioneta cuando la vio, saliendo del edificio de apartamentos. Su pelo estaba más rubio, de alguna manera más suave. Sus ropas eran diferentes. Se ajustaban a ella mejor que cualquier cosa que le hubiera visto llevar puesto alguna vez. Incluso sus ojos verdes parecían más brillantes.
—Tú ya eras diferente —explicó él.
Y entonces ella había saludado a un hombre flaco en una moto que se acercó a saludarla y su sonrisa fue más grande de lo que Pedro recordaba haberle visto. Al menos desde el aborto involuntario.
—No fue difícil darme cuenta de que ya tenías un nuevo trabajo. Nuevos amigos. Y me pareció que tu nuevo mundo se ajustaba muy bien a ti, mucho mejor que ser alguna chica de un parque de casas rodantes —dejó escapar un largo suspiro—. ¿Tienes alguna idea de lo difícil que fue alejarme? ¿Aceptar que estabas, finalmente, en el lugar correcto?
Dejando caer la mano de su pecho, ella la extendió hacia él.
—Si hubiera sabido que estabas ahí, entonces tal vez…
—¿Tal vez qué? ¿Te hubieras casado conmigo de todos modos y hubieras tenido un montón de bebés? —él frunció el ceño—. No lo creo.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Tú eres la que quiso posponer la boda. No yo. Claramente picada por su acusación, Paula contesto:
—Tú me pareciste muy feliz de posponer la boda, también. Nunca olvidaré ese día que te dije que me había hecho la prueba de embarazo. Parecía como si estuviera sosteniendo una pistola hacia tu cabeza, diciendo: “Cásate conmigo o de lo contrario…”. Toda mi vida me había dicho que no iba a repetir los errores de mi madre, pero entonces tenía a un tipo declarándoseme porque tenía que hacerlo. Obtener una propuesta de matrimonio debería haber sido uno de los mejores días de mi vida. En cambio, fue uno de los peores. Porque yo sabía que estabas obligado a hacer lo correcto. Y sabía que romperíamos con el tiempo —se detuvo, cerró los ojos con fuerza por un momento antes de abrirlos de nuevo—. Solo que no creía que fuera a suceder tan pronto.
Después de diez años de empujar sus sentimientos tan abajo como podía, Pedro apenas podía creer que toda esta ira y frustración, y amor, en realidad le pertenecían a él.
Pero más que eso, no podía creer las cosas que Paula estaba diciendo.
Había llegado el momento de ponerla en el camino correcto.
—Tú y yo sabemos que no fue así.
Para su asombro, ella se rió en su cara. Verdaderamente se rió.
—¿De verdad esperas que crea que estabas buscando a una esposa y un hijo a los veinte años? ¿Qué no estabas deseando ir a los bares, jugar en el campo, vivir tu vida como cualquier joven bombero normal?
¿Qué carajos esperaba que dijera a eso? Por supuesto, eso es lo que había sentido.
—¿Estás diciendo que eso es lo que tú querías? —él preguntó, volviendo la duda en torno a ella—. ¿En lugar de usar mi anillo de compromiso, querías jugar en el campo y perder el tiempo con otros chicos?
Ella sacudió la cabeza, luego enterró la cara en sus manos.
No podía creer lo mucho que quería tomarla en sus brazos.
A pesar de que se encontraban en polos opuestos.
—No —dijo finalmente, cuando levantó la cabeza—. Estaba enamorada de ti, Pedro. No quería a nadie más —las comisuras de sus hermosos labios se volvieron hacia abajo—. Pero eso no quería decir que estaba lista para un bebé. Y tú tampoco.
No había ninguna razón para mentir. Estaban mucho más allá de tratar de ocultar algo el uno del otro.
—Tienes razón, no estaba listo —esperaba poder encontrar las palabras para hacerle entender—. Pero eso no quiere decir que cuando sucedió no me emocioné al respecto.
Una lágrima solitaria corrió por su rostro y tuvo que apuñar sus manos para no limpiar la humedad lejos de la suave piel.
—Me sentí de la misma manera —admitió con voz temblorosa—. No podía creer lo mucho que me estaba enamorando de esa personita que crecía dentro de mí. Porque incluso aunque sabía que no estábamos preparados, todavía esperaba que pudiéramos resolver las cosas —sus ojos se cerraron y ella susurró— en cambio, una parte de mí, de nosotros dos, murió ese día. Y no solo perdí el bebé, te perdí a ti, también.
Su autocontrol desapareció y él no pudo evitar tomarla en sus brazos. Ya no estaba enfadado. ¿Cómo podía estarlo?
—Lo siento, Paula —dijo en voz baja contra su pelo. Poco después, ella dijo:
—Yo también —y cuando se movió fuera de su abrazo, dejarla ir fue una de las cosas más difíciles que había tenido que hacer jamás.
CAPITULO 27 (segunda parte)
Para Paula fueron solo los años de aprender a mantener la calma frente a la cámara, sin importar lo que su invitado estuviese haciendo o diciendo, los que le permitieron mantener la mirada de Paula después de que la había despedazado.
Pero en el interior, ella estaba hecha trizas. Tal como se había sentido el día en que había dejado Lake Tahoe.
Él era el único hombre que la había hecho romper su promesa de depender sólo de sí misma. No podía permitirse hacerlo de nuevo.
Como su conversación durante el almuerzo, por ejemplo. Él había conseguido que ella hablase libremente sobre Agustina, sobre su carrera, pero luego cuando le llegó el turno de compartir, se había callado y la sostuvo a un brazo de distancia.
Dolía como el infierno verlo ser tan precavido, saber que no quería confiar en ella con todo lo que había en su corazón.
Sí, ahora veía que ella había traicionado su confianza al dejarlo todos esos años atrás. Pero era joven, estúpida y estaba asustada. ¿Su comportamiento, el de una joven de dieciocho años, realmente era excusa suficiente para mantenerla apartada?
No confiaba en sí misma para hablar mientras subía a su lado en la balsa. Remaron durante otros treinta minutos en silencio sin ningún tipo de desastres, pero la pequeña zona de confort que habían encontrado durante su almuerzo en la orilla del río había sido volada en pedazos por el encuentro sexual y luego su muy insatisfactoria discusión después de eso.
Poco después, Pedro los dirigió de nuevo hacia la orilla del río.
—Hasta aquí llegamos por agua.
Ella se bajó de la balsa, y cuando se desinfló, él metódicamente expuso una abrumadora variedad de equipo de escalada en roca. Mirando hacia arriba a la losa de cuarzo, la cual tenía que ser de varios pisos de altura, ella nuevamente se estremeció.
¿Cómo iba a subir una pared de roca sin experiencia... y con un marginal temor a las alturas?
Él le tendió un arnés, claramente esperando que ella entrara en este. Pero aunque sabía que Pedro era un hombre de pocas palabras, no parecía justo que unilateralmente decidiera cerrar el diálogo.
Respirando profundamente, trató de asegurar su interior para la montaña rusa que sus palabras estaban a punto de lanzar.
—Es posible que hayas terminado de hablar sobre lo que pasó con nosotros, Pedro, pero yo no. Tú conseguiste hacer tu gran pregunta, ahora es mi turno.
Él era un muro impenetrable para ella, sus ojos se cerraron, las líneas de su cuerpo se pusieron rígidas e inflexibles. No había satisfacción en saber que Pedro estaba acorralado, sin ningún lugar para correr.
—Adelante.
Trabajando para proyectar una serenidad y confianza que sin duda no sentía, ella dijo:
—Si te preocupabas tanto por mí que te viniste abajo cuando me fui, entonces ¿por qué no viniste a buscarme?
Ella contuvo la respiración mientras esperaba su respuesta, su corazón golpeando tan rápido que podía haber estado corriendo a toda velocidad, en lugar de estar parada quieta.
—Yo fui tras de ti —admitió finalmente—. Un par de semanas después de que dejaras Lake Tahoe.
Oh Dios, todo este tiempo había asumido que él había sido feliz de verla irse
¿Había más en esta historia? ¿Se había equivocado todos estos años?
domingo, 11 de octubre de 2015
CAPITULO 26 (segunda parte)
Una combinación de sentir lástima por ella y estar cagado de miedo por casi perderla en el río le había hecho actuar estúpidamente. Había estado tan contento de que estuviera viva, que había cedido a la tentación de ver si sabía tan bien ahora como siempre lo había hecho.
Sólo para descubrir que era mucho más dulce que cualquiera de sus recuerdos.
Tocarla, besarla, oír su grito de éxtasis había llevado a Pedro directamente al borde, a pesar de que sus ropas todavía estaban puestas y sólo había llegado a tercera base. Pero cuando ella volvió las tornas y comenzó a besarlo, había sido casi imposible detenerse, tomar una maldita respiración y recordar por qué hacer el amor con Paula era una idea terrible.
Desde lo profundo de su subconsciente, la voz de Cristian se levantó y lo clavó. “Ella es mala para ti, hombre. Y tú estuviste regiamente jodido después de que se fue. No quiero verte así de nuevo”.
Jesús, ¿cómo podía haberlo olvidado? A este ritmo, acabaría mucho más lejos de lo que había esperado cuando había accedido a ayudarla a encontrar a su hermana. Mucho más que un poco de sexo muy caliente contra una roca.
Él iba a terminar enamorado de ella, de nuevo.
Y luego, cuando ella lo dejara para regresar a su brillante mundo empapado de celebridades, él estaría mirando directamente un agujero negro de nuevo.
Conseguir una patada en el corazón una vez en la vida era suficiente para él, gracias.
La sensación de malestar en la boca de su estómago creció cuando ella se alejó de él. Se obligó a ponerse de pie y dar un paso lejos de ella, a pesar de que estaba desesperado por hacerla venirse otra vez.
—Cometí un error, Paula —cada palabra de arrepentimiento era más difícil de escupir que la anterior—. Perdí el control y actué estúpidamente.
Un pesado silencio colgó entre ellos mientras Paula lo miraba fijo con ojos verdes sin parpadear, sin decir nada.
—Afortunadamente, estamos casi al final del río —dijo él, con la esperanza que volviendo a la tarea detendría definitivamente este retorcido juego al que estaban jugando—. Si todo va bien, podríamos ser capaces de llegar a la comuna por la noche.
Dolor y confusión cruzaron por su cara ante sus palabras formales y sin emoción. Había vuelto a jugar al imbécil otra vez. Haz que se corra y luego apágala al segundo que su orgasmo haya terminado.
Por desgracia, no podía ver ninguna otra forma de proceder.
Necesitando salir de su campo de fuerza sexual, se dio la vuelta y entró en el agua para recuperar la balsa. Minutos más tarde, estaba desconcertado al observar que sus ojos permanecían pegados a él mientras la arrastraba a través del agua fría y hasta en la orilla.
—Tal vez no fue un error, Pedro.
Ella hizo una pausa y se humedeció los labios dándole suficiente tiempo para recordar todo lo que había sucedido contra la roca, todos los lugares que había besado y tocado.
—Tal vez lo que pasó era inevitable. Tal vez tú y yo somos inevitables.
El deseo se apretó a su alrededor con cada palabra. Nunca debería haberla besado. Nunca debería haberle dicho que no podía dejar de desearla.
—No —dijo él, actuando por instinto para detener el tirón—. Tú y yo terminamos hace diez años. Estamos aquí para encontrar a Agustina. Eso es todo.
La vio estremecerse ante sus duras palabras, pero en lugar de decirle que era un idiota como cualquier otra mujer habría hecho, dio un paso más cerca.
—Te deseaba tanto como tú a mí —dijo ella, negándose a dar marcha atrás, a aceptar un no por respuesta—. Después de todo lo que hablamos anoche y esta mañana, creí que estábamos de acuerdo en que somos personas diferentes ahora. Los dos vivimos a través del aborto. Vivimos a través de la ruptura. Sé por qué actuaste como lo hiciste. Y sabes por qué actué como lo hice.
Otro pasó más cerca.
—Nunca me ha importado otro hombre, Pedro. Sólo tú.
Tan cerca que podía estirarse y tirar de ella a un beso.
—Dime que amas a alguien más, dime que has amado a alguien más como me amaste, y lo dejaré.
Él sabía la mentira que necesitaba decirle para apagarla para siempre, pero de pie en la orilla del río Colorado con su dulce aroma persistiendo en sus dedos, él simplemente no podía hacerlo.
—No hay nadie más —admitió—. Nunca ha habido nadie más. Sus ojos brillaron de esperanza, y él se obligó a decir:
—Pero si hemos amado o no a otras personas no importa, Paula. Esto sigue siendo una mala idea.
Vio como ella tiraba sus hombros hacia atrás, enderezaba su espalda y levantaba su barbilla, preparándose para una batalla.
—Tú dices que terminamos hace diez años, pero me tocas como si sólo estuviéramos comenzando —ella desafió—. Dame una buena razón por la que no deberíamos volver a intentarlo.
Mierda. Hasta ahora había sido capaz de mantener su período de autodestrucción enterrado. Pero ella nunca dejaría caer la idea de volver a estar juntos, de intentarlo de nuevo, si no estaba todo en juego.
—Cuando te fuiste…
Mierda, sacrificar su orgullo era más difícil de lo que pensaba.
—Luché contra cada maldito incendio de este lado del Mississippi, pero no conseguí superarte.
Ella dio otro paso más cerca, llegando a sólo unos centímetros de distancia.
—No pude superarte tampoco, Pedro.
Él sostuvo una mano en alto para detener su impulso hacia adelante.
—Tú pediste una razón y te voy a dar una. Te fuiste a San Francisco y te aferraste a una vida mejor con las dos manos. Yo casi tiré la mía.
Confusión frunció su entrecejo.
— ¿De qué estás hablando? Todavía eres un HotShot. Todavía vives en Tahoe rodeado de tus amigos, tu equipo y tu hermano.
—Casi lo perdí todo, Paula. Salté directamente en un agujero negro, quería que me tragara.
Sacudiendo su cabeza como si nada de lo que él estaba diciendo tuviese sentido, dijo:
—No lo entiendo. ¿Qué quieres decir con agujero negro?
Se pasó las manos por el pelo, odiando cada segundo de desnudar su alma.
Felizmente le hubiera cedido una extremidad en su lugar.
—Después de que te fuiste, regresé al mismo lugar en el que estaba durante la escuela secundaria. Pero peor. Más en la bebida. Más todas las noches en vela. Despertar y no saber dónde estaba. Saltar fuera del descanso del equipo. No presentarme para los incendios y trabajar a medias y con resaca cuando me las arreglaba para subir a la montaña.
La comprensión de repente inundó sus ojos.
—Lo lamento mucho —dijo ella— lamento todo —sus ojos se nublaron con pesar—. Ahora cuando miro hacia atrás, puedo ver qué temerosa y confundida chica de dieciocho años era —admitió en voz baja—. Si hubiera sabido lo que iba a suceder, lo que irme nos haría a ambos, yo nunca habría... —dejó el resto de la frase desvanecerse, diciendo en cambio—: No puedes castigarte a ti mismo por una mala elección, Pedro.
—No fue una mala elección, fueron un centenar de malas decisiones. Si no fuera por Cristian...
Él no se molestó en terminar la frase. La había salvado una vez, pero ella lo había dejado de todos modos. Tal vez sólo lo había necesitado para alejarse de su madre y del parque de casas rodantes. Tal vez no.
De cualquier manera, las probabilidades indicaban que tan pronto como encontraran a Agustina, este torrente de adrenalina, un torrente que se sentía como deseo y amor, se disiparía.
Y ella se alejaría de él otra vez.
—Mira, entiendo por qué estás pensando en una segunda oportunidad. Has sobrevivido a dos grandes accidentes. Pero tienes razón al decir que hemos cambiado. Estamos en dos mundos diferentes ahora.
Sus ojos brillaban y sabía que le estaba haciendo daño otra vez con sus duras palabras, pero era mejor cortar el delgado hilo que quedaba entre ellos ahora, en lugar del desastre de desenredarse a sí mismos más tarde.
Subiendo de nuevo en la balsa, dijo:
— ¿Estás lista para ponerte en marcha otra vez? No queremos perder más tiempo.
CAPITULO 25 (segunda parte)
Paula se relajó en el maravilloso sueño.
Estaba flotando y se sentía cálida por todas partes. Y de repente había grandes manos tirando y empujando y ella estaba combatiéndolas, tratando de volver a ese lugar somnoliento. Pero las manos eran fuertes y la arrastraron a través de espuma gruesa y húmeda.
El aire frío golpeó contra sus mejillas y empezó a toser y ahogarse.
Oh Dios, por fin se dio cuenta, se estaba ahogando.
Pedro había salvado su vida.
La acunó contra su pecho en la orilla del río y cuando ella luchó por respirar, tratando de llenar sus pulmones vacíos con oxígeno, le quitó el casco y suavemente pasó sus dedos sobre el chichón en su frente.
—Te golpeaste la cabeza muy duro contra una roca —dijo, su voz cálida y calmante mientras su tono bajo nadaba a través de ella—. Probablemente vas a tener moretones.
Cuando consiguió orientarse de nuevo en los brazos de Pedro y la conmoción inicial de ser expulsada de la balsa retrocedió, de repente la golpeó que podía haber problemas mucho más grandes por delante, que curarse un moretón.
— ¿Perdimos la balsa?
—Afortunadamente, no. Está más adelante, atascada entre un par de troncos de árboles. Se quedará allí hasta que la saquemos.
El alivio de que no todo estaba perdido la inundó y sabía que tenía que empujarse más allá de los latidos en su cabeza y sentarse. Pero incluso aunque permanecer tan cerca de su mayor tentación era una muy mala idea, no se atrevía a salir de sus brazos.
Por primera vez en mucho tiempo se sentía segura.
Confortada.
Con dedos suaves, él masajeó los doloridos músculos de sus hombros, estaban apretados por haber estado remando intensamente.
¿Sabía que su contacto le aceleraba el corazón?
¿Qué incluso sin tocarle una zona erógena, ella estaba irremediablemente comenzando a excitarse?
—No deberían haberte dejado salir del hospital tan pronto después de tu accidente —su voz era ronca—. Jesús, Paula. ¿Cómo demonios te las arreglaste para salir de ese accidente?
Su pregunta hizo eco con la única que nadaba alrededor de su cabeza desde que despertó en el hospital con sólo un puñado de cortes y raspaduras: ¿Por qué había sido salvada?
Y ahora, después de haber sido salvada por segunda vez en cuestión de días, en lugar de morir cuando alguien más lo hubiera hecho, no podía ocultar el hecho de que le habían dado una segunda y ahora una tercera oportunidad para hacer lo correcto.
Pero, ¿qué se suponía que tenía que cambiar en esta ocasión?
El gran cambio no podía tener algo que ver con Pedro, ¿podría? Sobre todo ahora que habían aclarado las cosas después del estallido en el cuarto del motel y que de hecho podían hablar sin arrancarse las cabezas el uno al otro.
La peligrosa curva de sus pensamientos la hizo tropezar fuera de los brazos de Pedro para ponerse de pie.
Necesitaba un poco de espacio, un respiro, necesitaba alejarse de su peligroso tirón sobre ella para poder comportarse de manera racional, en lugar de reaccionar a una necesidad física básica.
Pedro estuvo a su lado en un instante, con una mano en su codo, la otra en la parte baja de su espalda.
—Tranquila.
—Estoy bien —le dijo.
Era una mentira. No estaba bien y no sólo a causa de la caída.
Estar cerca de él así, sintiendo sus manos desnudas sobre su piel, la hacía arder por dentro, con una fiebre que sólo él podía saciar.
Se tambaleó en él y sus palabras fueron apenas más fuertes que un susurro.
—Que Dios me ayude, Paula, todavía te deseo. Más que nunca. Más de lo que debería.
Su lengua salió para lamer inciertamente su labio inferior, y entonces, de repente, sus manos estaban en su pelo y su boca sobre la de ella, casi lo suficientemente duro como para hacer daño.
Sin embargo, su áspero beso era exactamente lo que necesitaba. Exactamente lo que ella anhelaba.
Él deslizó sus manos sobre la tela húmeda cubriendo su clavícula, luego sobre sus hombros y por la longitud de su columna vertebral hacia la parte baja de su espalda.
Agarrando sus caderas, la atrajo firmemente en su contra.
Ella estaba de pie justo en una elevación haciendo que el hueco entre sus muslos se ajustara perfectamente alrededor de su erección.
—Yo también te deseo —susurró contra sus labios cuando se separaron un centímetro—. Tanto que no puedo soportarlo.
Él la apoyó contra una pared de roca lisa y mientras corría besos por su cuello, desde el lóbulo de su oreja al hueco de su hombro, ella se estremeció en sus brazos. Sus manos encontraron la brecha entre su camisa y sus pantalones, y cuando rozó sus dedos sobre su vientre, ella gimió suavemente.
Y entonces él la besó en la boca otra vez y ella deslizó su lengua contra la suya. Sus dedos fueron más y más alto, y cuando por fin encontró al borde de su sujetador, se oyó a sí misma implorando:
—Por favor, tócame.
Deslizando sus dedos debajo de la fina tela, él curvó su palma sobre su pecho, su pezón duro contra su mano.
Ella gritó y él cubrió su sonido de placer con su boca mientras apretaba suavemente su carne estremecida. Con minuciosa lentitud, él deslizó su camisa hacia arriba sobre su piel, sus labios mordisqueando los suyos, sacando un gemido de su garganta. Y entonces Pedro estaba retirando su boca y poniéndose de rodillas y ella podía sentir su aliento cálido sobre la piel expuesta de su estómago. Él apretó sus labios contra su vientre una, dos veces, y luego se estaba moviendo hacia arriba por el centro de su caja torácica, finalmente succionando un duro pezón en su boca, luego el otro, ahuecando ambos pechos con sus manos, frotando su barbilla ligeramente sin afeitar contra su piel.
Otro gemido escapó de ella, esta vez en torno a su nombre, y luego él estaba deshaciendo el botón en la parte superior de sus pantalones y deslizando hacia abajo la cremallera, tirando de la tela por sus caderas para hacer un charco en sus tobillos.
Él dejó de lamer sus pechos con su lengua y levantó su cabeza para mirar su cara mientras deslizaba un dedo en sus bragas. Ella empujó su pelvis en su mano, más excitada de lo que podía recordar haber estado alguna vez.
Saber que la deseaba tanto como ella a él la ponía incluso más húmeda, incluso más excitada.
Rodeando el lugar que quería desesperadamente que tocara, él finalmente hizo contacto, oh sí, ¡justo ahí!, y ella jadeó cuando las exquisitas sensaciones se movieron a través suyo, desde su centro hacia afuera. Una y otra vez sus dedos se deslizaron entre sus resbaladizos pliegues.
Arriba, luego abajo, se movieron entre sus labios, golpeando sobre la dura protuberancia de su excitación. Su boca la encontró después, su aliento cálido y sus labios suaves, cubriendo su montículo, su lengua sondeando y saboreando mientras ella gritaba de placer.
Nunca se había sentido tan lista, tan a punto de explotar.
Había esperado diez largos años para sentirse tan bien otra vez, y ahora que estaba aquí con Pedro, y sus manos y boca estaban sobre ella, quería hacer que las increíbles sensaciones duraran para siempre.
Pero estaba tan lista, tan preparada, y no podía dejar de agarrar la parte posterior de la cabeza de él y empujar su pelvis contra su lengua y dientes. Y luego sus dedos se unieron a su boca, estirándola abierta.
Incluso así de húmeda, había pasado tanto tiempo desde que había estado con un hombre que su toque se sentía nuevo y ella jadeó:
—Oh Dios, Pedro —contra su hombro mientras él mantenía el ritmo constante de sus dedos y lengua—. Te sientes tan bien —gimió ella mientras cerraba los ojos e inclinaba su cabeza hacia atrás, succionando una dura respiración en el mismo momento en que sus músculos internos sujetaron con fuerza sus dedos.
Todo su cuerpo se estremeció en un poderoso orgasmo y Paula sentía como si hubiera sorteado la muerte he ido directamente al cielo.
En la última década, no se había olvidado de lo potente que era el toque de Pedro. Olvidar algo tan maravilloso habría sido imposible.
Pero no obstante, este placer que lo abarcaba todo era un shock para su sistema.
Si pudiera, se quedaría así para siempre, pero estaban lejos de terminar y ella quería desgarrar sus pantalones y tomarlo muy adentro.
Se dejó caer de rodillas delante de él y tomó su cara entre sus manos mientras se inclinaba para besarlo. Sus lenguas se aparearon, una danza agridulce que era insoportablemente excitante. Muriendo por volver a conocer su hermoso cuerpo, los duros planos de los músculos y las profundas hendiduras de entremedio, pasó sus manos por encima de su camisa empapada, impresionada por sus anchos hombros, su duro pecho, sus impresionantes músculos abdominales.
—Paula —dijo él, el bajo retumbe de su voz haciéndola desearlo más que nunca—. Nunca he tenido problemas controlándome a mí mismo. Sólo contigo.
Era igual para ella y lo único que quería era darle el mismo placer que él le había dado. Pero incluso mientras arrancaba los botones de su camisa, sabía que amarlo era demasiado para ella como lo era para él.
Por fin, los botones se vinieron abajo y se quedó quieta mientras consideraba su magnífico pecho desnudo.
Bronceado, con solamente la más ligera aspersión de pelo entre sus músculos pectorales.
—Eres tan hermoso —murmuró—. He soñado con esto cientos de veces. Dime que esto no es un sueño.
—No podría ser más real —dijo él antes de enhebrar los dedos por su pelo y besarla.
Estaba impresionada por la pasión y el deseo que irradiaban de su boca, manos y cuerpo. Segundo a segundo estaba barriéndola cada vez más lejos río abajo, dirigiéndola directamente a una cascada, y aunque sabía que no había manera de estar preparada para la caída, a ella no le importaba.
Lo único que importaba era la forma en que se sentía, aquí y ahora, en los brazos de Pedro.
Cuando el beso por fin terminó, ella apoyó su mejilla en su pecho y cerró los ojos para escuchar el rápido tamborileo de su corazón. Sus brazos eran maravillosamente fuertes a su alrededor mientras él la abrazaba y fue sólo el latido insistente entre sus muslos lo que la hizo apartarse de su calor para poder besar su pecho.
Él gimió de placer cuando ella encontró su pezón con la lengua. Siempre lo había vuelto loco cuando lo rodeaba, luego le daba un ligero golpecito. Su excitación alimentaba la suya y ella buscó la cintura de sus jeans. El borde de su mano rozó contra su erección e incluso con dos capas de tela entre su eje y su mano, su necesidad era tan intensa que no pudo detenerse a sí misma de palmear la larga y gruesa longitud a través de su ropa.
Él tembló una vez, luego dos contra su palma y ella estaba llegando a su cremallera para soltarlo, cuando su mano vino sobre la de ella y se la apretó.
Espera. Algo estaba mal. Algo había cambiado.
Su cerebro se tardó más de lo que debería en enviar la alerta de que este no era un toque cálido y amoroso; era una advertencia.
—No podemos hacer esto, Paula.
La alarma se disparó a través de ella, rápida y furiosa, la vergüenza cerca de pisar sus talones. Con manos torpes, se apartó de él y ajustó sus propios pantalones, su sostén, su camisa.
A pesar de sus advertencias previas acerca de mantenerse alejado de su pasado, a pesar de sus propios y fuertes recelos, él había parecido desearla tanto como ella lo deseaba. Y justo después de sus pensamientos sobre segundas oportunidades, había saltado a la oportunidad de tener intimidad con él.
¿Por qué no se había detenido a sí misma? ¿No era adulta?
¿No sabía?
¿No sabía que era mejor no ponerse a bailar tan cerca de las llamas abrasadoras?
Pero justo cuando estaba tratando de cerrar la tapa sobre sus sentimientos hacia Pedro, para siempre esta vez, oyó de nuevo, una voz en su cabeza diciendo: Tú luchaste por tu hermana. Tú luchaste por tu carrera profesional. Quizás esta vez deberías luchar por Pedro.
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