domingo, 1 de noviembre de 2015
CAPITULO 41 (tercera parte)
Gracias a Dios ella estaba de nuevo en sus brazos. Era justo donde pertenecía, la única manera en que podía sentir cualquier clase de paz.
Pedro no podía creer lo estúpido que había sido para salir en el velero en medio de una tormenta como esa sin un chaleco salvavidas.
La peor parte de esto era que no solamente había puesto su propia vida en peligro, sino que también había arriesgado la de Paula. Ella no debería haber salido en esa tormenta para salvarlo, pero lo había hecho.
La sintió moverse en sus brazos y, egoístamente, casi no la dejó irse. Pero sus brazos eran fuertes mientras se alejaba de él y se paraba.
La miró salir de la ducha y envolverse en una toalla, entonces él cerró el agua e hizo lo mismo, su corazón latiendo fuerte.
—Pedro. Necesitamos hablar.
Oh mierda. Podía sentir lo que estaba por venir, lo que tenía que venir después de la forma en que él se había comportado anoche y esta mañana.
Queriendo desesperadamente evitar que ella lo dejara, dijo:
—Tenías razón. Cuando dijiste que estaba mintiéndole a todo el mundo. Saber que no puedo volver a mi trabajo, a mi equipo… —Se detuvo, tratando de poner la pérdida en palabras—. Es peor que la manera en que me sentí cuando me desperté en el hospital. Sabía que mi piel volvería a crecer. Pero no conseguiré regresar de nuevo a la montaña, nunca conseguiré sentir nuevamente esa fiebre de enfrentar las llamas.
Pasó una mano por su cabello mojado, forzándose a decir:
—Estaba avergonzado de lo mucho que dolía. Es por eso que no quería hablar sobre ello.
No había regreso ahora. Era el momento de dejarlo salir todo.
—Si no es muy tarde, si piensas que puedes alguna vez perdonarme por ser un completo imbécil, no quiero perderte.
Lo miró fijo. En cualquier otro momento hubiera sido capaz de leer lo que ella estaba sintiendo en su cara.
No esta vez.
— ¿Por cuánto tiempo?
Él sacudió su cabeza, no entendía su pregunta, especialmente después de su difícil confesión.
— ¿Cuánto tiempo?
— ¿Cuánto tiempo quieres tenerme?
Oh mierda. Esta vez lo entendía, pero eso no quería decir que tenía una respuesta para ella.
—Esto es más que solo una aventura de verano. Sabes eso.
—Está bien entonces, coloca el otoño también. ¿Entonces qué?
Paula era muy consciente del hecho que él no tenía exactamente el futuro planeado en este momento, que se estaba moviendo en el día a día sin ningún tipo de plan.
—No lo sé.
Ella se volteó y dejó el baño. Él quería jalarla nuevamente en sus brazos, retroceder cinco minutos, empezar esta conversación de nuevo. Mejor aún, olvidar toda la conversación y solamente perderse en ella.
—Cuando empezamos esto —dijo cuando los dos estaban en la sala de estar— pensé que podía hacerlo. Que una aventura de verano funcionaría para mí, que si era realmente afortunada tal vez podría durar hasta el otoño. El invierno tal vez. Sé que teníamos un acuerdo. Soy la que te dijo que no seas un héroe. Soy la que prácticamente te rogó que me hicieras el amor. Soy consciente que de repente estoy cambiando todas las reglas. Pero no puedo seguir adelante con esto. No puedo pretender que dos o tres estaciones son suficientes.
No abrazarla mientras ella hablaba era la cosa más dura que jamás había tenido que hacer.
—Lo quiero todo. Pasión. Devoción. Hijos. Amor. —Su mirada no titubeó—. Quiero un marido y un compañero. Quiero un hombre que quiera imaginar nuestros planes y un futuro juntos. —Jaló la toalla más fuerte alrededor de sí misma—. Quiero estar con un hombre que me ame tanto como yo lo amo.
Pedro habría dado cualquier cosa por hacer que las palabras salieran. Por ser capaz de decirle todo lo que ella necesitaba escuchar. Porque ella tenía razón, se merecía todas esas cosas y más.
Las palabras de Isabel sonaron en sus oídos: ―Paula es una persona maravillosa, Pedro. Ella merece mucho más de lo que pide.
Maldita sea, él no quería pensar en ella en los brazos de algún otro hombre, mirando atrás hacia su verano con él con una distante sonrisa de remembranza.
Debería ser tan fácil. Dos pequeñas palabras. Eso era todo lo que necesitaba decir y ella sería suya.
Pero no podía decirlas.
Mierda. ¿Qué estaba mal con él? Una mujer increíble le estaba dando la oportunidad de estar con ella, de pasar los siguientes setenta años amándola y siendo amado por ella.
La miró entonces, sus rizos mojados y chorreando sobre sus hombros desnudos, su piel sonrosada del calor de la ducha y de haber hecho el amor, y aún así sus ojos verdes estaban vidriosos con lágrimas no derramadas, la determinación de esperar por la clase de amor que se merecía brillaba a través de ellos.
De repente, él supo la verdad. Había estado enamorado de Paula desde su primer beso, desde la primera noche en Poplar Cove cuando ella había sostenido su mano después de su pesadilla y se negó a dejarlo ir.
Todo de lo que había estado tratando esconder se estrelló como un puño en su estómago, sacó el aire de sus pulmones. Porque ahora que sabía que la amaba, era imposible negar el resto.
La amaba demasiado para pretender que no había un mejor hombre para ella allá afuera.
Necesitaba estar con un hombre que ya tuviera el futuro decidido. Merecía un hombre que no estuviera trabajando como el infierno solo para hacerlo de un minuto al siguiente.
Pertenecía a un hombre que no se mantendría tomando y tomando de ella hasta que no tuviera nada que dar.
—Tienes razón —se forzó a decir, su garganta tan seca e inflamada como si hubiera tragado fuego—. Te mereces todas esas cosas, Paula. Y yo necesito dar un paso al costado para que puedas tenerlas.
Ella se encogió como si sus palabras fueran un golpe físico.
Él nunca se había sentido peor, nunca se había sentido tan bajo. Especialmente después de la manera en que ella había arriesgado su vida para salvarlo.
—Eres una increíble mujer, Paula. Nunca he conocido a nadie tan fuerte como tú. Tan preciosa.
La parte egoísta peleó como el infierno para hacerlo decir cuánto la amaba. Rogarle que siguiera entregándose a él, aunque no tuviera ninguna maldita cosa que darle.
—Si yo pudiera amar a alguien —finalmente se permitió decir— sería a ti.
Ella aspiró temblorosamente.
—Si yo pudiera dejar de amar a alguien —dijo suavemente— sería a ti.
CAPITULO 40 (tercera parte)
La cabaña estaba vacía cuando Paula llegó un rato más tarde. Mirando hacia la playa, notó que el velero ya no estaba atado a la boya. Pensar en Pedro allá afuera con vientos como estos la tuvo instantáneamente preocupada.
No, se dijo a sí misma. Él había crecido en este lago. Sabría cuándo era seguro salir y cuándo no lo era.
Necesitaba parar de pensar en él a cada segundo.
Después de cambiarse la ropa por una sudadera y jeans sucios con pintura, Paula llevó su caballete adentro desde el porche ventoso y se paró en frente. Este momento era una prueba. Una prueba que ella desesperadamente necesitaba vencer.
La aclamada muestra de Arte de Blue Mountain Lake iba a ser en dos semanas y éste era el comienzo de su semana libre para estar lista. Las buenas noticias eran que acababa de vender otra de sus pinturas de la pared del restaurante esta mañana durante el desayuno, pero significaba que tenía una pintura menos que poner en la muestra.
Toda la semana necesitaría pintar como un remolino para tener todo hecho a tiempo. Especialmente dado que había entregado muchas horas de la semana pasada al placer de estar en los brazos de Pedro. A la vez, pensó, estaba agradecida por la forma en que el tiempo con él la había estimulado. Unos cuantos dulces días en sus brazos, amándolo, habían proporcionado a su trabajo una sensibilidad emocional mucho más profunda.
Pero si su creatividad estaba intrínsecamente atada a él estaba completamente perdida.
Tomando una profunda respiración, levantó un pincel y decidió que no podía dejar que Pedro tomara esto de ella también. Él ya tenía su corazón.
Merecía guardar algo para sí misma.
No fue un comienzo fácil, pero Gracias a Dios, finalmente empezó a perderse dentro de sus pinturas. No sabía cuánto tiempo había estado trabajando, el tiempo simplemente se desvanecía cuando agarraba el ritmo, cuando levantó la mirada de su caballete y vio que el viento se había convertido en una tormenta llena de granizo y lluvia.
Y fue cuando se dio cuenta que Pedro todavía estaba afuera.
En la clase de tormenta que podía destruir un pequeño bote de vela.
Corrió fuera de la cabaña, por la playa hacia el muelle. La cubierta estaba todavía sobre el bote a motor y la jaló, rompiéndose un par de uñas en su desesperación. La tormenta había enviado una densa niebla adicionalmente a la lluvia y al viento. Con el bote descubierto lo suficiente para que pudiera sentarse detrás del timón, rápidamente desató las cuerdas que lo sostenían al muelle y giró la llave del encendido. Quería ir rápido, cruzar todo el lago para encontrar a Pedro, pero apenas podía ver a metro y medio de distancia delante suyo y tenía que navegar despacio.
¿Dónde estaba él?
Rezó, más duro de lo que nunca lo había hecho antes, y entonces lo vio, un rápido destello de algo que parecía como el casco blanco de un bote invertido, y se dirigió hacia éste.
Tuvo que acercase a seis metros antes de poder ver claramente el bote. No vio a Pedro al principio. Perdió el agarre del timón cuando el shock de perderlo casi la destruye, pero entonces, un segundo después vio su cabeza y sus hombros, moviéndose arriba y abajo en el agua mientras trataba de treparse sobre el casco invertido.
Pedro estaba entrenado para salvar gente. Paula no. Pero ahora que sus posiciones se habían invertido, sabía que necesitaba no solamente extraer de su propia fuerza, sino también de la de él.
Firmemente, arrastró el bote junto a él, necesitando acercase tanto como pudiera sin golpearlo. Con el viento y el enorme oleaje meciéndolos a ambos alrededor del lago, era difícil, pero se negaba a dejarse amilanar, dejarse llevar por el miedo que trataba de quebrarla.
La vio entonces, yendo por él. Ella apagó el motor y se inclinó tanto como pudo fuera del bote sin caerse en el agua.
Él estaba fuera de su alcance, más allá de sus dedos, pero sabía que no podía lanzarse al agua, no podía dejar que el bote de motor se alejara de ellos. Trató de alcanzarlo nuevamente y esta vez sus dedos fueron capaces de atrapar los suyos.
Jalándolo con una fuerza que no sabía que tenía, envolvió sus manos frías alrededor de su carne casi congelada y lo alejó del bote de vela. Él apenas podía cerrar sus dedos, y ella sabía que la combinación de frío y humedad junto con el daño en su nervio debía de estar haciendo que hasta el más pequeño movimiento incluso sea casi imposible.
Pero entonces, fue él quien la jalaba y cuando los dos botes chocaron, saltó al bote de motor.
No debía dudar de su fortaleza, aún en condiciones como éstas. Se obligó a mantener su enfoque hasta que tuvo el bote de motor seguramente atado al muelle. Ellos se preocuparían por recuperar el bote de vela más tarde.
Solamente entonces se permitió mirarlo, poner sus brazos a su alrededor. Oh Dios, su piel había perdido el color. Estaba tan frío y temblando. De alguna manera necesitaba meterlo dentro de la cabaña, abrigarlo, asegurarse de que estaba bien.
Pero él tenía mucha más fuerza de la que alguien más tendría; cuando ella salió del bote y se estiró para ayudarlo a salir, él estuvo rápidamente sobre el muelle, moviéndose con ella a través de la granizada hacia la cabaña.
En el minuto que estuvieron dentro lo desnudó, luego jaló una colcha gruesa de una de las sillas cercana y la envolvió alrededor de él. De alguna manera, había quedado atrapada en la manta, su cuerpo presionado fuerte contra el de él, pero cuando trató de zafarse para ir a hacer un té para calentarlo, se dio cuenta que sus brazos la sostenían otra vez.
—Me asustaste —susurró en su cuello. Estaba temblando, más del miedo por casi haberlo perdido que por el frío.
—Me salvaste.
Su piel todavía estaba tan fría, sus fuertes músculos eran como bloques de hielo contra ella, sus manos y brazos estaban rígidos mientras trataba de volverlos a la vida masajeándolos con sus dedos.
—Necesitas entrar en calor.
Afortunadamente, el cuarto en la parte de atrás de la casa tenía ducha, de manera que no tenían que subir las escaleras.
Segundos después, estaban parados juntos bajo la ducha, abrazados, Pedro desnudo, Paula completamente vestida.
Se calentaron rápidamente, y ella nunca había estado más feliz de lo que estaba ahora de sentir sus labios en los suyos mientras que él doblaba su cabeza para besarla.
Sus pezones se endurecieron contra su pecho y cuando él empezó a quitarle la ropa, la única cosa en la que podía pensar era que esto debía significar que él tenía sensaciones en sus manos.
Y entonces estuvo desnuda también y Pedro la estaba hundiendo sobre el piso azulejado de la ducha y ella estaba yendo con él.
Una última vez, era todo en lo que podía pensar mientras sentía la gruesa cabeza de su polla presionar en ella, mientras la llenaba suavemente con su calor. Se concentró en memorizar cada última cosa sobre él, la pasión en sus ojos azules,la emoción grabada en su cara.
Un día encontraría otro hombre para casarse. Tendría hijos.
Y trabajaría como el infierno para ser feliz.
Pero nunca habría nadie como Pedro.
Después de lo que acababa de pasar, se merecía estos últimos momentos robados en sus brazos.
Y luego sería fuerte.
Jadeó de placer cuando él envolvió sus manos alrededor de sus caderas y la jaló fuerte hacia abajo, todo el camino sobre él. No quería dejarlo, no quería renunciar a Pedro mientras le decía lo mucho que la deseaba, la necesitaba, cómo tenía que tenerla. Sus músculos comenzaron a contraerse alrededor de él y su gruñido de placer vibró todo el camino hasta el centro de ella.
Una última vez.
CAPITULO 39 (tercera parte)
El teléfono estaba sonando cuando Pedro entró en la cabaña y casi lo arrancó de la pared cuando lo contestó.
La voz de su hermano se oyó a través de la línea.
—Tenía que chequear, ver cómo están yendo las cosas con papá.
— ¿No pudiste impedirle que viniera?
—No había nada que lo parara. Él era un hombre con una misión.
Era la primera vez que hablaban desde el mensaje de Samuel del Servicio Forestal y Pedro sabía que era lo que venía a continuación.
—Entonces, ¿cómo está todo por allí?
—La cabaña se está trabajando bien.
—No estoy hablando de la cabaña. Tú. ¿Cómo te está yendo a ti?
No podía mentirle a su hermano.
—Mal.
La respuesta de Samuel fue igual de corta y al punto.
—Mierda.
—Estoy jodiendo todo.
—Me importa una mierda la cabaña. Tendremos la boda en algún otro lado.
—No hablo de Poplar Cove. Sino de Paula.
— ¿La inquilina? ¿Te has involucrado con ella?
Pedro tenía que saber.
— ¿Qué hace a Diana diferente?
—Todo.
Pedro no podía preguntarle a nadie más que a su hermano.
— ¿Cómo lo supiste?
—No podía sacarla de mi cabeza. Cada maldito segundo, ella estaba conmigo.
La relación de Samuel y Diana había abarcado diez años.
No una semana, un golpe de martillo cayó inesperadamente en el centro del corazón de Pedro.
—Te llamaré más tarde —le dijo a Samuel.
No podía pasar otro segundo en esta cabaña, no cuando no podía empujar a Paula de su mente.
Isabel había puesto los puntos sobre las íes. Su advertencia no podía haber sido más clara.
Deja a Paula sola. Déjala ser feliz. Sin ti.
Jesús. ¿Cómo iba a encontrar la fuerza para hacer eso?
El viento era fuerte una vez más. Frío y mordiente, perfecto para su estado de ánimo. Necesitaba estar afuera con el velero Laser, dejar que el oleaje lo rodeara golpeándolo. Se dirigió al embarcadero, se desvistió y se puso uno de los trajes colgando de un gancho en la pared.
El velero estaba polvoriento mientras lo llevaba profundo hasta la cintura en el agua hacia la boya. Sus abdominales se esforzaron mientras que se balanceaba encima del bote, desenrolló y elevó la vela y la enganchó en su sitio.
Tan pronto como desenganchó el clip de la boya, el Laser se disparó a través del agua. Le tomó solo unos segundos encontrar su ritmo. Mientras más se alejaba de la orilla, más rápido abatía el viento. Sentía el martilleo hueco del casco de fibra de vidrio golpeando las olas crecientes, esperando que eso adormeciera su mente. La lluvia había comenzado a caer y le dio la bienvenida a la tormenta incluso cuando las gotas se volvieron gránulos.
Agarró fuerte el timón mientras volaba sobre el agua, deseando por el momento cuando lo único que sintiera fuera el granizo sobre su piel, el rudo golpe del agua por debajo del casco. Pero Paula estaba allí todavía, en cada remolino de espuma en el que se estrellaba.
Justo como Samuel se había sentido con Diana, Pedro no podía quitar a Paula de su cabeza.
Cada segundo estaba con él.
El viento cambio de dirección y apenas capturó el boom a tiempo antes que se estrellara en su cabeza. La lámina picó en su mano, pero apenas la sintió. No podía decir si sus manos estaban entumeciéndose simplemente por el frío o si era la mierda de su nervio habitual. Pero entonces se dio cuenta que no eran solo sus manos entumeciéndose, era todo su brazo. Todo el camino hasta su hombro.
En el fugaz segundo que perdió su concentración, el viento volteó el bote. Se expulsó tan lejos como pudo, su cuerpo paralelo al agua, sus abdominales duros, sus muslos flexionados mientras que se enganchaban a la parte inferior de la cubierta. Trató de enderezar el bote, pero una vez la quilla ya no estuvo en el agua perdió toda tracción. El velero ya estaba arrastrándose dentro del agua, sumergiéndose, volteando el bote completamente boca abajo. Perdió su agarre sobre el lado de la cubierta mientras se sumergía y tenía que nadar fuerte para evitar que el viento moviera el bote fuera de su alcance.
Jesús, el agua estaba muy fría en el medio del lago y no tenía suficiente grasa corporal para resistirlo por mucho tiempo. Una y otra vez se arrastró sobre el casco tratando de alcanzar el centro del bote, pero estaba muy resbaladizo, tan condenadamente liso que sus manos no conseguían tracción.
sábado, 31 de octubre de 2015
CAPITULO 38 (tercera parte)
El restaurante estuvo poblado durante el desayuno y el almuerzo, pero cuando el último comensal salió, Isabel dijo:
—Parece que es momento para nuestra regular charla de la tarde, ¿no?
Sin esperar la respuesta de Paula, Isabel puso su mano en la pequeña espalda de su amiga y la empujó a través de la puerta.
—Vamos a hacerla por el lago esta vez. Tengamos un pequeño cambio de escenario.
Las familias estaban jugando a lo largo de la orilla. Los bebés chapoteando. Las mamás haciéndoles cosquillas. Los papás animando a sus hijos a nadar hasta la boya. Hermanos y hermanas burlándose de todo en los muelles flotantes en el agua, estallando con risas mientras se empujaban unos a otros.
—Eso es lo que quiero —dijo Paula con nostalgia.
Isabel levantó una mano para cubrir sus ojos del sol.
—No siempre es perfecto, ya sabes. Más tarde, en la noche, los chicos estarán peleándose en el asiento trasero, mientras el esposo y la esposa discuten por algo estúpido.
—No estoy pidiendo algo perfecto —dijo Paula—. Solo la oportunidad de tener algunos pocos momentos como esos.
— ¿Qué pasa con Pedro? ¿Hay alguna razón por la que él no pueda darte todo esto?
Paula medio rió entonces.
—Vine aquí luciendo así —gesticuló hacia sus ojos todavía hinchados, su piel manchada—. Y tú en verdad me preguntas eso. Como si hubiera alguna forma de que regresara a casa hoy y encontrara a Pedro esperándome con rosas.
—Las rosas no son tu estilo. Si él te conociera, te estaría esperando con un manojo de flores silvestres.
—Créeme, no habrá flores.
—Dime algo, al principio cuando te involucraste con Pedro, ¿qué pensaste que iba a suceder? Porque, corrígeme si me equivoco, pero no tuve exactamente la sensación que venía cabalgando en su blanco corcel como el Príncipe Azul. Era más como el villano que venía a saquear Poplar Cove.
Paula retrocedió a la primera noche. A su pesadilla.
—Tienes razón —dijo lentamente—. Supe desde el comienzo quién era él.
Quien posiblemente no podría ser.
—Y elegiste pasar el tiempo con él, de todos modos. Dormir con él.
Sí. Había sido su elección. La misma que ella había hecho una y otra vez, la elección de estar con Pedro.
Él nunca le había mentido. Nunca le había hecho promesas que no iba a cumplir. Desde esa primera noche, hasta ahora, había sido brutalmente honesto.
―No deberíamos estar haciendo esto. No tengo nada que darte, Paula. Nada de nada.
Ella se había dicho que siempre que entrara en los brazos de Pedro con los ojos bien abiertos, entonces no dolería. Se había permitido enamorarse de él sabiendo que no podría corresponderle.
Pero entonces, la noche anterior, cuando se le había ofrecido completamente, casi sangrando de amor por él, algo había cambiado alrededor y dentro de su corazón. Porque, aunque le había dicho una y otra vez que lo quería tal como era, él todavía se mantenía alejado.
Isabel la estudió en silencio.
—Mira, sé que tienes sentimientos fuertes por él. Tal vez inclusive lo amas. Pero cariño, mereces mucho más que esto, lo sabes. Creía que ya te habías dado cuenta, que mudarte a Blue Mountain Lake y comenzar de nuevo tu vida, te había mostrado lo fantástica que eres. Cualquier hombre con quien estés bien debería considerarse la persona más afortunada del mundo.
Paula colocó sus rodillas bajo su barbilla, y envolvió sus brazos alrededor de sus piernas.
—Después de dejar a Jeremias, me prometí que la siguiente vez sería diferente. Que esperaría pacientemente hasta que el hombre correcto llegara. Pensé que con seguridad me daría cuenta de la cosa real cuando la viera.
Y entonces Pedro había salido por la puerta y ella se había perdido.
—Todas pensamos eso —dijo Isabel con una sonrisa arrepentida.
—Y aunque lo sé bien —Paula se encontró diciendo en voz alta— una parte de mí sigue esperando que Pedro se convierta en ese hombre. Si solo le diera suficiente tiempo.
Si solo lo amara lo suficiente.
La mirada cuidadosa de Isabel se intensificó con preocupación.
—No. No. Y no. Escúchame, no puedes cambiarlo. Él es el único que puede hacer eso.
Y fue entonces cuando Paula vio el problema real, tan claro para ella como el cielo azul, la espuma de las olas o los sonidos felices alrededor de ella.
Tal como se lo había dicho a una y otra vez, no estaba herida por el modo en que ella y Pedro se habían unido la noche anterior. Él no había sido tan brusco como había pensado y ella realmente era más resistente de lo que parecía. El problema ni siquiera era que había herido sus sentimientos al escoger quedarse en el sillón de la planta baja en lugar de abrir su corazón a ella.
No, ella estaba herida por otra razón. Y acababa de volverse tan dolorosamente obvia que se preguntaba cómo es que había llegado hasta este punto sin haberla visto.
El problema real no era el modo en que Pedro la había tratado. Era la forma en que se había estado tratando a sí misma.
Ella se dolía tanto por él, quería tanto ayudarlo a curar sus heridas, que no había gastado ni un segundo en pensar en sí misma. Había puesto a Pedro primero, de la misma manera en que siempre había puesto a su ex marido, a sus padres, a sus causas.
Solo que esta vez era peor. Porque secretamente había creído que Pedro vería todo lo que estaba haciendo por él y la recompensaría con su amor. Un amor que ella quería más que nada en el mundo.
— ¿He cambiado en algo, Isabel? —preguntó ahora—. ¿Desde que me conociste por primera vez?
—Mucho. He estado tan orgullosa de ti. Especialmente porque sé de primera mano cuán duro puede ser empezar de nuevo después de un divorcio. Has hecho un gran trabajo siguiendo adelante, Paula.
—Si eso es cierto, entonces ¿por qué estoy cayendo en las mismas trampas? ¿Por qué estoy trabajando tan duro para hacer que todos los demás sean felices?
¿Por qué se había dicho a sí misma que podría alimentarse de las sobras? ¿Qué un poco de afecto era mejor que ninguno?
El brazo de Isabel la rodeó.
—Oh cariño, eso es solamente la naturaleza humana. No te puedes culpar por eso. Todo lo que puedes hacer es esperar que tal vez sea más fácil.
— ¿Lo es? —preguntó Paula a su amiga—. ¿Es más fácil la próxima vez?
Isabel resopló.
—Estoy casi segura que no quieres escuchar la respuesta.
—Creo que ya la sé.
Las imágenes todavía estaban con Paula: Andres viéndose perdido mientras se alejaba de la casa de Isabel, Isabel más pálida y nerviosa de lo que Paula alguna vez había pensado ver a su fuerte amiga.
—Si te hace sentir algo mejor —dijo Isabel— me he estado dando el mismo consejo desde ayer cuando Andres me sorprendió en mi casa. Estoy trabajando como el infierno justo ahora para no culparme por todavía tener estos estúpidos sentimientos por un hombre que no he visto en treinta años. Estaba tan segura que sería diferente esta vez.
Que solo pondría una pared que él no podría cruzar. Que no dolería tanto el solo estar cerca de él.
—Lamento tanto que lo haga —dijo Paula a su amiga, estirándose para abrazar a Isabel de regreso.
—Yo también. Especialmente desde que he aceptado hacer el catering de la boda de su hijo. El mismo hijo con el que embarazó a esa chica la noche que me engañó.
— ¿En serio?
—En serio.
*****
Pedro estaba claramente preocupado, apenas mirando hacia ella mientras decía:
—Lo lamento, no te vi.
Lucía cansado y agobiado. De la misma manera en que Paula había estado a lo largo del desayuno y el almuerzo.
Se dijo que debía mantener su nariz fuera de asuntos ajenos, pero maldita sea, se preocupaba mucho por Paula para estar callada. Paula no era solamente una amiga, era casi como una hija.
—Pedro.
Finalmente se dio cuenta quién era ella.
—Isabel.
No fue hasta entonces que se preguntó si él sabría sobre ella y Andres. Pero juzgando por cuán descontento lucía al verla, supuso que sí. Lo tomó como que ningún chico quería pensar en su padre teniendo sentimientos por nadie que no fuera su madre, sin importar lo viejo que fueran.
— ¿Cómo está yendo el trabajo en Poplar Cove?
—Muy bien —dijo—. Tú sabes cómo son esas viejas cabañas.
Ella asintió, eligió una muestra de pintura, pensando en una manera diplomática de decirle lo que necesitaba oír.
—Paula es realmente importante para mí.
Un músculo se movió en su mandíbula.
—Sé que lo es.
—Venir aquí luego de un mal divorcio. Empezar de nuevo. Sé lo duro que eso puede ser. El lago ha sido bueno para ella. Este pueblo. Esta gente. Todos la aman.
Hizo una pausa, le permitió asentir, asegurarse que había captado lo que ella estaba diciendo.
—Paula es una persona maravillosa, Pedro. Ella merece mucho más de lo que pide.
Él no se movió, apenas pestañeó, pero el destello de tormento en sus ojos casi la hizo arrepentirse de decirle estas cosas. Porque en el instante de un latido, Isabel había visto lo mucho que se preocupaba por Paula.
Y sabía que si terminaba dañando a su amiga, no sería porque no tenía un corazón.
No sería porque no le importaba Paula.
A él le importaba.
Pero Isabel también sabía muy bien que algunas veces amar a alguien no era suficiente.
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