miércoles, 30 de septiembre de 2015

CAPITULO 33 (primera parte)






Pedro sintió a Paula moverse, uno de sus muslos se deslizó contra él. La luz del sol entraba en la habitación y ya estaba duro como una roca, listo para tomarla otra vez. Cambió sus posiciones por lo que ella quedó acostada plana sobre la almohada y él apoyado en un codo, mirándola. Sus párpados revolotearon mientras se despertaba y él se tomó un largo momento para apreciar sus pómulos altos, su exuberante boca, la curva de su mandíbula y su cuello largo y liso.


Era la mujer más hermosa que había visto nunca, a la única que quería en su cama por el resto de su vida.


Sus ojos se abrieron y le sonrió, extendiendo su brazo hacia arriba para presionar su palma contra su pecho.


—Hola.


Le devolvió la sonrisa, disfrutando de su toque, encantándole que estuviera en su cama y no buscando una excusa para irse.


—¿Te desperté?


Frotó su cadera contra su erección.


—Algo lo hizo.


—Te deseo de nuevo, Paula. Mucho.


—Entonces tómame. Ahora.


Las mujeres lo habían elogiado con frecuencia por sus movimientos suaves, por su control. El placer de ellas venía primero, sin importar qué. Pero nunca había estado tan tentado, tan desesperado.


—Me haces perder el control —dijo mientras empujaba sus muslos abiertos con sus rodillas.


—Bien.


Ella tiró de su cabeza hacia abajo y lo besó justo mientras levantaba sus caderas y lo tomaba dentro de su suave calor. 


No la había tocado en horas, pero estaba tan preparada como él lo estaba para ella.


La besó duro, manteniéndose rígido e inmóvil dentro de ella. 


Más que nada, quería empujarse una, dos, tres veces, y correrse con ella apretándolo con fuerza, sin una barrera de goma entre ellos. Pero era demasiado pronto. Ella no estaba lista para comprometerse a una vida con él.


Todavía.


Se obligó a deslizarse fuera todo el camino, incluso cuando los pequeños sonidos de decepción que salieron de su garganta nublaron su pensamiento, tuvo un preservativo puesto en menos de treinta segundos, dándose la vuelta para que ella estuviera a horcajadas sobre él. Ella volvió a sonreír, una sonrisa seductora que lo puso aún más duro, y entonces sus cuádriceps se tensaron mientras ella se ubicaba por encima de su eje. Equilibrando sus manos sobre su pecho, lentamente se bajó a sí misma sobre él, un centímetro a la vez.


Mataba a Pedro no empujarse alto y duro en su resbaladizo calor. Finalmente, Señor, no fue lo suficientemente pronto, ella se sentó sobre su base, sus suaves y redondeadas nalgas presionando en los tendones a través de sus caderas. Y entonces se levantó casi todo el camino, sólo para caer de vuelta, una y otra vez, más fuerte, más rápido cada vez.


Ella echó la cabeza hacia atrás y arqueó su espalda mientras lo montaba, sus senos rebotando al ritmo de sus embestidas. Él deslizó una mano a su trasero, la otra a sus tetas, y la acarició, gimiendo su aliento. No era capaz de contener su orgasmo hasta que ella hubiera encontrado su propio placer.


Agarrando las caderas de Paula con ambas manos, la sostuvo con fuerza contra él mientras su eje se movía y saltaba dentro de su apretado canal. Ella meció sus caderas contra su entrepierna mientras gritaba su nombre, sus músculos internos apretándolo.


Colapsó sobre su pecho y él envolvió sus brazos alrededor de su caja torácica y cintura. Seguían tratando de recuperar el aliento cuando él dijo:
—No quiero que haya ningún secreto más entre nosotros, Paula. Quiero decirte acerca de las razones por las que solía jugar con fuego —esperaba que si se abría por completo, ella también lo haría.


Paula se movió un poco para mirarlo.


—Estoy escuchando —dijo, sus ojos eran suaves, llenos de entendimiento.


—Tenía diez años la primera vez que encendí un fuego —recordaba bien esa calurosa tarde de verano, cuando un montón de hojas y una cerilla se convirtieron en una revelación—. Mi padre era un hombre difícil para tener alrededor. Un idiota clase “A”, de hecho.


—No puedo imaginar eso. Debe haber sido difícil para ti.


—Más difícil fue para mi madre. Ella lloraba mucho. Descubrí muy pronto que dar la cara por ella sólo empeoraba las cosas. Me estaba escondiendo de ellos, pateando montones de hojas secas, cuando encontré una caja de cerillas en el suelo. No te voy a mentir. Ese primer fuego fue impresionante. Peligroso. Me sentí como un maldito superhéroe.


—Cualquier niño lo habría hecho.


Su idea, el hecho de que no le estuviera juzgando por lo que había hecho, lo era todo para él.


—Ese primer fuego no duró mucho. Treinta segundos, tal vez un minuto. Pero hizo suficiente humo y llamas para entusiasmarme. Y ponerme un poco nervioso.


—¿Y si tu padre se hubiera enterado? ¿Qué habría hecho?


Pedro no había hablado con su padre en más de una década, no desde que había convencido a su madre de largarse.


—Me hubiera golpeado en cada centímetro de mi cuerpo. Pero no se enteró. Y cuando me salí con la mía, lo hice otra vez.


—El riesgo era la recompensa, ¿no?


Pedro asintió.


—Exactamente. ¿Cuánto tiempo podía dejarlos arder? ¿Cuán grandes podían volverse? No pasó mucho tiempo para que las cosas se intensificaran. Pasaba el rato con niños más grandes de la ciudad, a los que les importaba una mierda lo que les sucediera, porque sus vidas ya eran terribles. Les gustaba tener a un tipo como yo por ahí que no tuviera miedo de crear diversiones con fuego. Ellos robaban cosas, entonces yo encendía fuegos en contenedores de basura y en basureros. Supongo que conseguía más atención.


—Imagino que los propietarios de las tiendas pensaban que era mejor perder un par de cosas de los estantes con los carteristas que ver sus negocios prenderse fuego. ¿Cuántos años tenías cuando finalmente te atraparon?


—Apenas diecisiete. Estaba atónito. No podía creerlo, incluso cuando estaba esposado. En mi cabeza, era completamente invencible.


Ella le dedicó una sonrisa torcida.


—Algunas cosas no cambian mucho, ¿verdad?


Cubrió su mano con la suya.


—Podría parecer que tomo riesgos locos, pero sé muy bien que no soy invencible. Mi equipo no es invencible, tampoco. He aprendido esa lección todos los días en la montaña, cada vez que tengo que ir al hospital a visitar a uno de mis hombres.


Ella se llevó su mano a los labios y le dio un beso en los nudillos.


—Eso no salió bien. Lo dije como un cumplido. Creo que eres muy valiente. De hecho, creo que eres simplemente increíble.


Rozó los dedos sobre sus labios.


—Jose me enseñó acerca de la valentía. Me mostró que un arrogante chico de diecisiete años era prácticamente inútil a menos que hiciera algo bueno por otra persona. Le debo todo.


—Sé que siente lo mismo por ti. No hablé mucho tiempo con él el viernes, pero no pudo evitar decirme lo grandioso que eras. Lo orgulloso que está de conocerte.


—Le gustas, también. Mucho.


Ella dejó de lado su cumplido.


—Sólo se encontró conmigo una vez.


—No significa que no le dieras un infierno de impresión.


Paula sonrió, obviamente complacida por la evaluación de Jose.


—Me gustó también. ¿Tiene novia? ¿Esposa?


—No. Él siempre dijo que su esposa fue la única mujer que amaría. Ella murió el año antes que yo viniera a vivir con ellos.


Ella frunció el ceño.


—Debe ser difícil para él vivir solo. No conozco a muchos hombres mayores que sepan cómo mantener una casa solos. Llegan a una época en un momento diferente —apretó su mano— ¿ha visto a un médico?


—Ni siquiera puedo hacerle hablar conmigo al respecto. No hay manera de que entre en la oficina de su doctor y le diga que está perdiendo la razón.


Paula cubrió sus manos con las suyas.


—El padre de mi mejor amigo pasó por eso. Tengo una idea de qué tipo de especialistas necesita ver Jose, las preguntas que necesitan hacerse. Me gustaría ayudarte, Pedro. Jose es un buen hombre. Se merece vivir una vida larga y saludable.


Pedro colocó las manos a ambos lados de su cara y simplemente la sostuvo. Ella cubrió sus manos con las suyas. Él estaba a punto de besarla de nuevo, de probar algo más de su dulzura, cuando un destello de color fuera de la ventana de la habitación llamó su atención.


Saltó de la cama, su pecho se apretó con temor y aprensión.


—Rápido, vístete.


Paula obedeció su repentina orden sin decir una palabra, con movimientos eficientes mientras encontraba una de sus camisetas y se la ponía, junto con sus jeans.


—Hay un extintor de incendios en la pared junto a la puerta en cada habitación. Agárralos todos, luego espera en la parte superior de las escaleras por mí.


Él subió los escalones de tres en tres y lo que vio por la ventana del piso principal de su casa confirmó sus peores sospechas. El humo entraba a raudales por debajo de las puertas y las terrazas de secuoyas que rodeaban su casa estaban completamente envueltas en llamas.


No había nada salvaje sobre el fuego rodeando su casa. El incendio se había establecido deliberadamente para asegurarse que no pudieran salir fácilmente, o en lo absoluto.


Él corrió escaleras arriba y encontró a Paula de pie junto a una ventana, rodeada de extintores de incendios, con expresión feroz.


—Tu hermosa casa —siseó con rabia—. Haré que el pirómano pague por esto.


La mayoría de las mujeres estarían preocupadas por salvar sus propias vidas en este momento. Paula no. Si no se hubiera dado cuenta ya de que la amaba, lo habría sabido ahora mientras se enfrentaba al peligro mortal, totalmente sin miedo.


Por lo que sabía, el fuego se movía rápidamente alrededor de la base de la casa y hacia arriba de los árboles circundantes. No tenían mucho tiempo para salir. Él ahuecó sus manos y las extendió.


—Tenemos que ir a través del ático hacia el techo. Sube y te izaré.


Su capacidad atlética natural se mostró cuando ella fácilmente empujó la cubierta del techo y se irguió en su ático. Él agarró un hacha de un armario luego saltó y agarró el borde de dos por cuatro con sus dedos, levantando su cuerpo hacia el puntiagudo espacio sin terminar.


—Retrocede —dijo, entonces osciló el hacha sobre su hombro hacia el techo. Cerró los ojos mientras los fragmentos de madera salpicaban—. Cubre tu cara con tus manos.


Su voz fue ahogada cuando ella dijo:
—¿Alguien te ha dicho alguna vez que eres un poco mandón? ¿Y que eso es bastante sexy?


En lugar de responder, pero apreciando su buen humor en una situación soberanamente de mierda, osciló de nuevo en la madera, finalmente viendo un trozo de cielo azul. No tomó muchos más golpes abrir un agujero lo suficientemente grande en el techo para que pasaran por este. Empujó un baúl de almacenamiento de metal debajo de la abertura.


—Es hora de irnos.


Ella se apresuró, y antes de que él pudiera advertirle de tener cuidado en la empinada inclinación de su techo, ella se había ido. Él sostuvo el hacha mientras la seguía. Ella caminaba por las tejas como si hubiera nacido balanceándose en situaciones precarias. Sin embargo, Pedro contuvo la respiración hasta que llegó a la sección de más nivel, por encima de su cocina.


Desde el techo, podían ver la carnicería a su alrededor mientras se dirigían al camino de la casa. El granero y el garaje de Pedro ardían igual que su camioneta. Por todas partes a donde miraban, había fuego.


Se detuvieron juntos en una claraboya y sopesaron sus opciones, las cuales a cada segundo eran más escasas. 


Pedro caminó el perímetro de su techo, en busca de una ruta de escape. Mientras cazaba una salida, le habló a Paula para que mantuviera la calma.


—Una vez, Dennis me desafió a saltar de la azotea de Jose.


—Los adolescentes son tan estúpidos.


Ella no parecía preocupada por el hecho de que estaban atrapados en su techo, rodeados por un anillo de fuego mortal, a pesar de que sabía que tenía que estarlo.


—¿Quién se rompió qué?


Él se encontró sonriendo en medio del peligro.


—Un dedo para mí. Un brazo para Dennis.


Ella lo agarró del brazo.


—No puedo creer que me haya olvidado de decírtelo. Hablé con Dennis.


Mierda, él había querido llegar a Dennis primero.


—Puede ser una bomba de relojería —dijo él, y cuando ella asintió en acuerdo, preguntó—: ¿Qué te dijo?


—Estaba visitando médicos la semana pasada. Para Jose.


—¿Por qué demonios no me lo dijo? Hubiera ido con él.


Ella le apretó la mano.


—Quería hacer esto por su cuenta. Darle a su padre una razón para estar orgulloso de él —apretó los labios— estabas en lo cierto acerca de Dennis. No creo que él lo hiciera.


Un fuerte crujido sonó en el primer piso y Pedro tiró de ella hacia el otro lado del techo. Tendrían que terminar esta conversación más tarde.


—Tenemos que salir de aquí. Rápido. Y parece que sólo hay una manera de salir —señaló a la piscina afuera de lo que solía ser su terraza posterior.


—Tendremos que saltar al agua.


Ella respiró hondo.


—Está bien.


Dejó el hacha y le apretó la mano.


—Iremos juntos.


Ella lo miró, la confianza ardía desde las profundidades de sus ojos.


—Hagamos esto.


Paula era igual a cualquier hombre en su equipo. No dejaba que el miedo la detuviera. Incluso cuando era una situación de vida o muerte. Y tenía razón. Era mejor actuar primero, antes que pensar, y que el miedo los metiera en problemas.


—A las tres. Uno, dos, tres.


Incluso un momento de duda habría sido mortal mientras corrían a través de su techo y saltaban en el aire. Soltándose las manos y haciéndose bolas, llegaron al agua en un perfecto centro de diana.


La fuerza de golpear el agua inutilizó temporalmente el aire de sus pulmones. Él golpeó con sus rodillas el cemento en la parte inferior de la piscina y el agua se tragó su rugido de dolor. Sus piernas y lumbares dolieron como el infierno. Pero estaba vivo.


Un instante después, pudo abrir los ojos y mirar a Paula en el agua revuelta. Ella no se movía, simplemente estaba flotando boca abajo en medio de su piscina, sus miembros estaban sueltos.


Rezó para que ella simplemente se hubiera golpeado hasta quedar inconsciente cuando cayó al agua. ¿Qué haría sin ella?


Pedro nadó a su lado y tiró de su forma inmóvil fuera del agua. Tan pronto como su cabeza estuvo por encima de la superficie, confirmó su pulso, después presionó su palma entre sus omóplatos en un movimiento constante.


Su súbita tos fue el sonido más hermoso que jamás había escuchado. La abrazó en el agua, frotando su espalda, susurrando:
—Está bien. Lo logramos. Haz largas y lentas respiraciones —sus inhalaciones se desaceleraron y murmuró— eso es todo. Simplemente así.


Ella se aferró a su cuello, sus piernas fueron alrededor de su cintura.


—¿Crees que te rompiste algo?


—No —la voz de ella fue áspera, luego tosió con fuerza varias veces en rápida sucesión—. No estamos muertos, ¿verdad?


—Todavía no.


Ella se apartó un poco para mirarlo y él estuvo tan contento de ver sus ojos abiertos y brillantes con vida que la besó con fuerza, luego suave y lento.


—Ves —dijo ella— ¿qué te dije? Invencible.


Él la abrazó con fuerza, luego dijo:
—Tenemos que averiguar quién será el próximo objetivo. ¿A quién más podría querer destruir el pirómano? —Un nombre de inmediato le vino a su cabeza, y cuando Paula lo miró, supo que ella estaba pensando lo mismo.


—Jose.


Él asintió.


—Por alguna razón, él y yo fuimos escogidos para parecer culpables. Ahora que el pirómano cree que nos tiene a ti y a mí, me temo que irá tras Jose.


Paula comenzó a nadar hacia el borde de la piscina.


—Tenemos que sacarlo de su casa, trasladarlo a un lugar seguro —pero cuando vio que los arbustos alrededor de la piscina estaban revestidos en llamas, las cuales se elevaban al doble de la altura de las plantas, se detuvo a media carrera—. Oh, Dios —dijo— estamos atrapados aquí.


Estaban rodeados por un muro de metro y medio de llamas por todos lados. No ayudaba nada que la mañana estuviera bien ventosa y las llamas alcanzaran todas las direcciones. No había ningún lugar seguro para salir.


Pedro se acercó a ella y la atrajo hacia sí, necesitaba tranquilizarse a sí mismo una vez más ya que ella estaba bien.


—Tendremos que esperar en el agua a que pase.


De todas las cosas que pensaba que podría hacer en una piscina con una mujer hermosa, nunca había pensado que una seria mirar la casa que había construido mientras esta se quemaba.


—Esto es una mierda —dijo Paula, poniendo sus pensamientos en palabras— ojalá pudiéramos hacer algo para salvar tu casa.


—El pirómano puede tener mi casa. Pero no podrá tener a la mujer que amo






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