miércoles, 30 de septiembre de 2015
CAPITULO 33 (primera parte)
Pedro sintió a Paula moverse, uno de sus muslos se deslizó contra él. La luz del sol entraba en la habitación y ya estaba duro como una roca, listo para tomarla otra vez. Cambió sus posiciones por lo que ella quedó acostada plana sobre la almohada y él apoyado en un codo, mirándola. Sus párpados revolotearon mientras se despertaba y él se tomó un largo momento para apreciar sus pómulos altos, su exuberante boca, la curva de su mandíbula y su cuello largo y liso.
Era la mujer más hermosa que había visto nunca, a la única que quería en su cama por el resto de su vida.
Sus ojos se abrieron y le sonrió, extendiendo su brazo hacia arriba para presionar su palma contra su pecho.
—Hola.
Le devolvió la sonrisa, disfrutando de su toque, encantándole que estuviera en su cama y no buscando una excusa para irse.
—¿Te desperté?
Frotó su cadera contra su erección.
—Algo lo hizo.
—Te deseo de nuevo, Paula. Mucho.
—Entonces tómame. Ahora.
Las mujeres lo habían elogiado con frecuencia por sus movimientos suaves, por su control. El placer de ellas venía primero, sin importar qué. Pero nunca había estado tan tentado, tan desesperado.
—Me haces perder el control —dijo mientras empujaba sus muslos abiertos con sus rodillas.
—Bien.
Ella tiró de su cabeza hacia abajo y lo besó justo mientras levantaba sus caderas y lo tomaba dentro de su suave calor.
No la había tocado en horas, pero estaba tan preparada como él lo estaba para ella.
La besó duro, manteniéndose rígido e inmóvil dentro de ella.
Más que nada, quería empujarse una, dos, tres veces, y correrse con ella apretándolo con fuerza, sin una barrera de goma entre ellos. Pero era demasiado pronto. Ella no estaba lista para comprometerse a una vida con él.
Todavía.
Se obligó a deslizarse fuera todo el camino, incluso cuando los pequeños sonidos de decepción que salieron de su garganta nublaron su pensamiento, tuvo un preservativo puesto en menos de treinta segundos, dándose la vuelta para que ella estuviera a horcajadas sobre él. Ella volvió a sonreír, una sonrisa seductora que lo puso aún más duro, y entonces sus cuádriceps se tensaron mientras ella se ubicaba por encima de su eje. Equilibrando sus manos sobre su pecho, lentamente se bajó a sí misma sobre él, un centímetro a la vez.
Mataba a Pedro no empujarse alto y duro en su resbaladizo calor. Finalmente, Señor, no fue lo suficientemente pronto, ella se sentó sobre su base, sus suaves y redondeadas nalgas presionando en los tendones a través de sus caderas. Y entonces se levantó casi todo el camino, sólo para caer de vuelta, una y otra vez, más fuerte, más rápido cada vez.
Ella echó la cabeza hacia atrás y arqueó su espalda mientras lo montaba, sus senos rebotando al ritmo de sus embestidas. Él deslizó una mano a su trasero, la otra a sus tetas, y la acarició, gimiendo su aliento. No era capaz de contener su orgasmo hasta que ella hubiera encontrado su propio placer.
Agarrando las caderas de Paula con ambas manos, la sostuvo con fuerza contra él mientras su eje se movía y saltaba dentro de su apretado canal. Ella meció sus caderas contra su entrepierna mientras gritaba su nombre, sus músculos internos apretándolo.
Colapsó sobre su pecho y él envolvió sus brazos alrededor de su caja torácica y cintura. Seguían tratando de recuperar el aliento cuando él dijo:
—No quiero que haya ningún secreto más entre nosotros, Paula. Quiero decirte acerca de las razones por las que solía jugar con fuego —esperaba que si se abría por completo, ella también lo haría.
Paula se movió un poco para mirarlo.
—Estoy escuchando —dijo, sus ojos eran suaves, llenos de entendimiento.
—Tenía diez años la primera vez que encendí un fuego —recordaba bien esa calurosa tarde de verano, cuando un montón de hojas y una cerilla se convirtieron en una revelación—. Mi padre era un hombre difícil para tener alrededor. Un idiota clase “A”, de hecho.
—No puedo imaginar eso. Debe haber sido difícil para ti.
—Más difícil fue para mi madre. Ella lloraba mucho. Descubrí muy pronto que dar la cara por ella sólo empeoraba las cosas. Me estaba escondiendo de ellos, pateando montones de hojas secas, cuando encontré una caja de cerillas en el suelo. No te voy a mentir. Ese primer fuego fue impresionante. Peligroso. Me sentí como un maldito superhéroe.
—Cualquier niño lo habría hecho.
Su idea, el hecho de que no le estuviera juzgando por lo que había hecho, lo era todo para él.
—Ese primer fuego no duró mucho. Treinta segundos, tal vez un minuto. Pero hizo suficiente humo y llamas para entusiasmarme. Y ponerme un poco nervioso.
—¿Y si tu padre se hubiera enterado? ¿Qué habría hecho?
Pedro no había hablado con su padre en más de una década, no desde que había convencido a su madre de largarse.
—Me hubiera golpeado en cada centímetro de mi cuerpo. Pero no se enteró. Y cuando me salí con la mía, lo hice otra vez.
—El riesgo era la recompensa, ¿no?
Pedro asintió.
—Exactamente. ¿Cuánto tiempo podía dejarlos arder? ¿Cuán grandes podían volverse? No pasó mucho tiempo para que las cosas se intensificaran. Pasaba el rato con niños más grandes de la ciudad, a los que les importaba una mierda lo que les sucediera, porque sus vidas ya eran terribles. Les gustaba tener a un tipo como yo por ahí que no tuviera miedo de crear diversiones con fuego. Ellos robaban cosas, entonces yo encendía fuegos en contenedores de basura y en basureros. Supongo que conseguía más atención.
—Imagino que los propietarios de las tiendas pensaban que era mejor perder un par de cosas de los estantes con los carteristas que ver sus negocios prenderse fuego. ¿Cuántos años tenías cuando finalmente te atraparon?
—Apenas diecisiete. Estaba atónito. No podía creerlo, incluso cuando estaba esposado. En mi cabeza, era completamente invencible.
Ella le dedicó una sonrisa torcida.
—Algunas cosas no cambian mucho, ¿verdad?
Cubrió su mano con la suya.
—Podría parecer que tomo riesgos locos, pero sé muy bien que no soy invencible. Mi equipo no es invencible, tampoco. He aprendido esa lección todos los días en la montaña, cada vez que tengo que ir al hospital a visitar a uno de mis hombres.
Ella se llevó su mano a los labios y le dio un beso en los nudillos.
—Eso no salió bien. Lo dije como un cumplido. Creo que eres muy valiente. De hecho, creo que eres simplemente increíble.
Rozó los dedos sobre sus labios.
—Jose me enseñó acerca de la valentía. Me mostró que un arrogante chico de diecisiete años era prácticamente inútil a menos que hiciera algo bueno por otra persona. Le debo todo.
—Sé que siente lo mismo por ti. No hablé mucho tiempo con él el viernes, pero no pudo evitar decirme lo grandioso que eras. Lo orgulloso que está de conocerte.
—Le gustas, también. Mucho.
Ella dejó de lado su cumplido.
—Sólo se encontró conmigo una vez.
—No significa que no le dieras un infierno de impresión.
Paula sonrió, obviamente complacida por la evaluación de Jose.
—Me gustó también. ¿Tiene novia? ¿Esposa?
—No. Él siempre dijo que su esposa fue la única mujer que amaría. Ella murió el año antes que yo viniera a vivir con ellos.
Ella frunció el ceño.
—Debe ser difícil para él vivir solo. No conozco a muchos hombres mayores que sepan cómo mantener una casa solos. Llegan a una época en un momento diferente —apretó su mano— ¿ha visto a un médico?
—Ni siquiera puedo hacerle hablar conmigo al respecto. No hay manera de que entre en la oficina de su doctor y le diga que está perdiendo la razón.
Paula cubrió sus manos con las suyas.
—El padre de mi mejor amigo pasó por eso. Tengo una idea de qué tipo de especialistas necesita ver Jose, las preguntas que necesitan hacerse. Me gustaría ayudarte, Pedro. Jose es un buen hombre. Se merece vivir una vida larga y saludable.
Pedro colocó las manos a ambos lados de su cara y simplemente la sostuvo. Ella cubrió sus manos con las suyas. Él estaba a punto de besarla de nuevo, de probar algo más de su dulzura, cuando un destello de color fuera de la ventana de la habitación llamó su atención.
Saltó de la cama, su pecho se apretó con temor y aprensión.
—Rápido, vístete.
Paula obedeció su repentina orden sin decir una palabra, con movimientos eficientes mientras encontraba una de sus camisetas y se la ponía, junto con sus jeans.
—Hay un extintor de incendios en la pared junto a la puerta en cada habitación. Agárralos todos, luego espera en la parte superior de las escaleras por mí.
Él subió los escalones de tres en tres y lo que vio por la ventana del piso principal de su casa confirmó sus peores sospechas. El humo entraba a raudales por debajo de las puertas y las terrazas de secuoyas que rodeaban su casa estaban completamente envueltas en llamas.
No había nada salvaje sobre el fuego rodeando su casa. El incendio se había establecido deliberadamente para asegurarse que no pudieran salir fácilmente, o en lo absoluto.
Él corrió escaleras arriba y encontró a Paula de pie junto a una ventana, rodeada de extintores de incendios, con expresión feroz.
—Tu hermosa casa —siseó con rabia—. Haré que el pirómano pague por esto.
La mayoría de las mujeres estarían preocupadas por salvar sus propias vidas en este momento. Paula no. Si no se hubiera dado cuenta ya de que la amaba, lo habría sabido ahora mientras se enfrentaba al peligro mortal, totalmente sin miedo.
Por lo que sabía, el fuego se movía rápidamente alrededor de la base de la casa y hacia arriba de los árboles circundantes. No tenían mucho tiempo para salir. Él ahuecó sus manos y las extendió.
—Tenemos que ir a través del ático hacia el techo. Sube y te izaré.
Su capacidad atlética natural se mostró cuando ella fácilmente empujó la cubierta del techo y se irguió en su ático. Él agarró un hacha de un armario luego saltó y agarró el borde de dos por cuatro con sus dedos, levantando su cuerpo hacia el puntiagudo espacio sin terminar.
—Retrocede —dijo, entonces osciló el hacha sobre su hombro hacia el techo. Cerró los ojos mientras los fragmentos de madera salpicaban—. Cubre tu cara con tus manos.
Su voz fue ahogada cuando ella dijo:
—¿Alguien te ha dicho alguna vez que eres un poco mandón? ¿Y que eso es bastante sexy?
En lugar de responder, pero apreciando su buen humor en una situación soberanamente de mierda, osciló de nuevo en la madera, finalmente viendo un trozo de cielo azul. No tomó muchos más golpes abrir un agujero lo suficientemente grande en el techo para que pasaran por este. Empujó un baúl de almacenamiento de metal debajo de la abertura.
—Es hora de irnos.
Ella se apresuró, y antes de que él pudiera advertirle de tener cuidado en la empinada inclinación de su techo, ella se había ido. Él sostuvo el hacha mientras la seguía. Ella caminaba por las tejas como si hubiera nacido balanceándose en situaciones precarias. Sin embargo, Pedro contuvo la respiración hasta que llegó a la sección de más nivel, por encima de su cocina.
Desde el techo, podían ver la carnicería a su alrededor mientras se dirigían al camino de la casa. El granero y el garaje de Pedro ardían igual que su camioneta. Por todas partes a donde miraban, había fuego.
Se detuvieron juntos en una claraboya y sopesaron sus opciones, las cuales a cada segundo eran más escasas.
Pedro caminó el perímetro de su techo, en busca de una ruta de escape. Mientras cazaba una salida, le habló a Paula para que mantuviera la calma.
—Una vez, Dennis me desafió a saltar de la azotea de Jose.
—Los adolescentes son tan estúpidos.
Ella no parecía preocupada por el hecho de que estaban atrapados en su techo, rodeados por un anillo de fuego mortal, a pesar de que sabía que tenía que estarlo.
—¿Quién se rompió qué?
Él se encontró sonriendo en medio del peligro.
—Un dedo para mí. Un brazo para Dennis.
Ella lo agarró del brazo.
—No puedo creer que me haya olvidado de decírtelo. Hablé con Dennis.
Mierda, él había querido llegar a Dennis primero.
—Puede ser una bomba de relojería —dijo él, y cuando ella asintió en acuerdo, preguntó—: ¿Qué te dijo?
—Estaba visitando médicos la semana pasada. Para Jose.
—¿Por qué demonios no me lo dijo? Hubiera ido con él.
Ella le apretó la mano.
—Quería hacer esto por su cuenta. Darle a su padre una razón para estar orgulloso de él —apretó los labios— estabas en lo cierto acerca de Dennis. No creo que él lo hiciera.
Un fuerte crujido sonó en el primer piso y Pedro tiró de ella hacia el otro lado del techo. Tendrían que terminar esta conversación más tarde.
—Tenemos que salir de aquí. Rápido. Y parece que sólo hay una manera de salir —señaló a la piscina afuera de lo que solía ser su terraza posterior.
—Tendremos que saltar al agua.
Ella respiró hondo.
—Está bien.
Dejó el hacha y le apretó la mano.
—Iremos juntos.
Ella lo miró, la confianza ardía desde las profundidades de sus ojos.
—Hagamos esto.
Paula era igual a cualquier hombre en su equipo. No dejaba que el miedo la detuviera. Incluso cuando era una situación de vida o muerte. Y tenía razón. Era mejor actuar primero, antes que pensar, y que el miedo los metiera en problemas.
—A las tres. Uno, dos, tres.
Incluso un momento de duda habría sido mortal mientras corrían a través de su techo y saltaban en el aire. Soltándose las manos y haciéndose bolas, llegaron al agua en un perfecto centro de diana.
La fuerza de golpear el agua inutilizó temporalmente el aire de sus pulmones. Él golpeó con sus rodillas el cemento en la parte inferior de la piscina y el agua se tragó su rugido de dolor. Sus piernas y lumbares dolieron como el infierno. Pero estaba vivo.
Un instante después, pudo abrir los ojos y mirar a Paula en el agua revuelta. Ella no se movía, simplemente estaba flotando boca abajo en medio de su piscina, sus miembros estaban sueltos.
Rezó para que ella simplemente se hubiera golpeado hasta quedar inconsciente cuando cayó al agua. ¿Qué haría sin ella?
Pedro nadó a su lado y tiró de su forma inmóvil fuera del agua. Tan pronto como su cabeza estuvo por encima de la superficie, confirmó su pulso, después presionó su palma entre sus omóplatos en un movimiento constante.
Su súbita tos fue el sonido más hermoso que jamás había escuchado. La abrazó en el agua, frotando su espalda, susurrando:
—Está bien. Lo logramos. Haz largas y lentas respiraciones —sus inhalaciones se desaceleraron y murmuró— eso es todo. Simplemente así.
Ella se aferró a su cuello, sus piernas fueron alrededor de su cintura.
—¿Crees que te rompiste algo?
—No —la voz de ella fue áspera, luego tosió con fuerza varias veces en rápida sucesión—. No estamos muertos, ¿verdad?
—Todavía no.
Ella se apartó un poco para mirarlo y él estuvo tan contento de ver sus ojos abiertos y brillantes con vida que la besó con fuerza, luego suave y lento.
—Ves —dijo ella— ¿qué te dije? Invencible.
Él la abrazó con fuerza, luego dijo:
—Tenemos que averiguar quién será el próximo objetivo. ¿A quién más podría querer destruir el pirómano? —Un nombre de inmediato le vino a su cabeza, y cuando Paula lo miró, supo que ella estaba pensando lo mismo.
—Jose.
Él asintió.
—Por alguna razón, él y yo fuimos escogidos para parecer culpables. Ahora que el pirómano cree que nos tiene a ti y a mí, me temo que irá tras Jose.
Paula comenzó a nadar hacia el borde de la piscina.
—Tenemos que sacarlo de su casa, trasladarlo a un lugar seguro —pero cuando vio que los arbustos alrededor de la piscina estaban revestidos en llamas, las cuales se elevaban al doble de la altura de las plantas, se detuvo a media carrera—. Oh, Dios —dijo— estamos atrapados aquí.
Estaban rodeados por un muro de metro y medio de llamas por todos lados. No ayudaba nada que la mañana estuviera bien ventosa y las llamas alcanzaran todas las direcciones. No había ningún lugar seguro para salir.
Pedro se acercó a ella y la atrajo hacia sí, necesitaba tranquilizarse a sí mismo una vez más ya que ella estaba bien.
—Tendremos que esperar en el agua a que pase.
De todas las cosas que pensaba que podría hacer en una piscina con una mujer hermosa, nunca había pensado que una seria mirar la casa que había construido mientras esta se quemaba.
—Esto es una mierda —dijo Paula, poniendo sus pensamientos en palabras— ojalá pudiéramos hacer algo para salvar tu casa.
—El pirómano puede tener mi casa. Pero no podrá tener a la mujer que amo
CAPITULO 32 (primera parte)
Horas más tarde, cuando la noche pasó y la luz del día volvió, los celos ardían en el bosque que rodeaba la casa de Pedro.
Ella estaba allí con él. Follando con él.
Maldita sea. Incluso después de todo lo que había sucedido, todavía lo estaban haciendo como conejos. Nada los detenía, ni las explosiones, las bombas o incluso las muertes.
Esta vez pagarían finalmente.
Así como todos los que ellos amaban.
CAPITULO 31 (primera parte)
Pedro acunó a Paula en su regazo, abrumado por la profundidad de sus sentimientos hacia ella. Metió su cabeza debajo de su barbilla y acarició su suave cabello con largas caricias hasta donde caía por sus hombros y espalda.
—No tienes por qué hacer esto, Paula.
Ella se movió sobre sus muslos y alzó la vista hacia él.
—Quiero hacerlo.
Le acarició el labio inferior con la yema de su pulgar y él se tragó un gemido cuando ella se inclinó sobre su torso y las puntas de su pelo barrieron a través de su piel. Sus músculos abdominales saltaron y se tensaron esperando su boca. Apenas sintió la punta de su lengua al principio, cuando se deslizó entre los profundos surcos de su estómago.
Ya estaba peligrosamente cerca del borde. Sus manos en puños a sus costados mientras alcanzaba profundamente el control. Sus abdominales le habían servido bien para levantar, girar y cargar, nunca para los juegos previos.
La toalla cayó de sus pechos y su carne suave y redondeada rozó contra su polla. Ni siquiera estaba seguro de que ella supiera lo que su belleza le hacía. Paula no era solo alguna groupie de los incendios que quería embolsarse a otro bombero. Por el contrario, sus emociones eran profundas y puras.
Le hacía desearla aún más, quería arrastrarla por su cuerpo y enterrarse en su calor. Pero este hacer el amor, con ella al mando, se suponía que era para curarlos a ambos. De alguna manera, encontraría la forma de mantener sus manos fuera y la dejaría seguir el camino de su lengua hacia abajo por su cuerpo.
Un momento después, ella le desenganchó la toalla de la cintura, y mientras retiraba el grueso algodón blanco, el aire frío de repente se precipitó a través de su polla un momento antes de que Paula envolviera una mano alrededor de su eje y se quedara inmóvil.
Trabajó para encontrar su voz, para dar la impresión de que no estaba a punto de explotar en su mano.
—Actúas como si nunca la hubieras visto antes.
Ella succionó su labio inferior bajo sus dientes.
—Sólo la he sentido —dijo, apretando su agarre sobre su polla y lentamente deslizando su mano hacia abajo—. Esta es la primera vez que realmente consigo mirarte. Eres hermoso, Pedro. Absolutamente perfecto.
Ella inclinó la cabeza y dejo caer un beso sobre su cabeza hinchada, luego lamió la gota de excitación que le respondió.
Estaba muy cerca de rodarla sobre su espalda y tomarla aún más fuerte y más rápido de lo que lo hizo en la puerta de entrada. Y luego su boca descendió sobre él, envainándolo en el cálido y húmedo calor, lo único que pudo hacer fue sepultar las manos en su pelo y guiar sus caderas hacia su boca. A medida que su lengua se deslizaba arriba y abajo por toda su longitud, y le apretaba la base de su erección con una mano, su polla latió y engordó en su boca.
Estaba totalmente decidido a dejarle explorar su cuerpo, pero no iba a correrse en su boca. No esta vez, al menos.
Fue una tortura retirarse de entre sus labios suaves y húmedos.
Y luego, un momento después, ella estaba acostada sobre su espalda, su toalla en el suelo, sus muslos extendidos abiertos debajo de él.
—No había terminado —dijo.
Silenció su protesta con un largo y lento beso. Desde la primera vez que la había saboreado, había permanecido como el patrón de referencia por el cual él había juzgado cada uno de los demás besos.
Encontró que la palara amor estaba asentada en la punta de su lengua y se sobresaltó como el infierno. Se apalancó sobre sus brazos, casi bloqueando sus codos para crear algo de espacio entre ellos, para recuperar su sentido de la realidad.
Los ojos de ella se llenaron de preocupación.
—¿Pedro? ¿Estás bien?
Ella se le acercó, y sabía que creía que se había apartado por lo de Robbie. Pero aunque la pérdida de Robbie siempre lo perseguiría y lo golpearía con fuerza, a veces, cuando menos lo esperara, como una tarde de domingo de limpieza y una carrera a la tienda de comestibles, ahora mismo estaba pensando en Paula. Y si había alguna posibilidad en el infierno que ella se sintiera de la misma forma que él lo hacía.
Porque incluso aunque ella acabara de compartir tanto con él, sabía que todavía se contenía, todavía temía dejarse amar por otro bombero.
Ella le había dado su cuerpo, pero iba a tener que luchar como el infierno para capturar su corazón.
Le dejó que tirara de él hacia abajo, de nuevo sobre ella, la dejó que le desperdigara una lluvia de besos suaves sobre su cara, su cuello, antes de volver su atención a complacerla, a ahuecarle un pecho en cada mano y hacer rodar ligeramente sus pezones entre los pulgares e índices para luego colocar su boca sobre un tenso pico.
Con cada golpe de su lengua contra sus pechos, se concentró en deslizar sus dedos entre sus labios mojados y resbaladizos, resbalando uno, luego dos dedos dentro de ella, todo mientras lamía sus pezones con su lengua hasta que la tuvo retorciéndose bajo él, silenciosamente rogándole que la tomara otra vez.
Ella se estiró por su eje, pero sabía que no podría durar mucho más tiempo, así que esquivó su mano y encontró un condón en su mesita de noche. Abrió el paquete y estaba a punto de deslizárselo, cuando ella extendió su mano.
—Me gustaría hacer los honores.
Le entregó el condón y contuvo su respiración mientras la observaba poner el látex sobre su gruesa cabeza y lentamente rodarlo hacia abajo.
—Apenas cabe —susurró ella cuando estaba a mitad de camino— realmente necesitas uno extra-grande —le dijo con una pequeña sonrisa.
Apretó los dientes, encontrando imposible bromear cuando sus manos estaban sobre él, y estaba tan cerca de perderse.
—Tienes cinco segundos más para conseguir ponerlo —le advirtió.
—¿O si no?
—O si no esto —dijo, cubriendo su mano con la suya y deslizando el condón el resto del camino antes de agarrar sus muslos con sus manos y extender sus piernas más abiertas para él.
El suave sonido “Mmm” que hizo lo envió sobre el borde y se empujó hasta el fondo.
Sus manos se aferraron a sus hombros y aunque le tomó su boca tan rudamente como tomó el resto de ella, estaba ahí mismo con él, poniéndolo más alto, y más salvaje. La oyó gemir y decir su nombre, y entonces todo se volvió negro cuando se movió en espiral hacia su propio clímax, sus caderas moviéndose por propia voluntad. Los músculos internos de ella se apretaron y tensaron alrededor de él, extrayendo su orgasmo.
Les dio la vuelta para que ella se recostara en el hueco de su brazo, y sus pulmones ardieron por el esfuerzo.
Cuando le acarició el pelo, supo que no tenía sentido pensar que ella sólo era una follada excepcional. Era todo eso y mucho más. Mucho más.
La amaba.
Bajó la vista hacia su rostro y vio que tenía los ojos cerrados, las ojeras de cansancio debajo de ellos, poniendo en relieve su hermosa piel color miel. Ella había pasado a través de un infierno en el último par de días. Ambos lo habían hecho.
El agotamiento tiró de Pedro. Con Paula segura entre sus brazos, se dio por vencido y se durmió.
CAPITULO 30 (primera parte)
Paula perdió una preciosa hora conduciendo primero al hospital y luego a la estación. La enfermera dijo que no había encontrado a Pedro por una cuestión de minutos, y Gabriel no le había dicho nada en absoluto, sólo que se alegraba de que ella finalmente hubiera recobrado el juicio y hubiera quitado la suspensión de Pedro. El hecho de que ella se había sentido como una mosca zumbando alrededor de un matamoscas era irrelevante. Lo único que importaba ahora era encontrar a Pedro y asegurarse de que no se culpaba por la muerte de Robbie.
Exhaló un profundo suspiro de alivio cuando se detuvo en la entrada de su casa y vio la luz de la luna reflejándose en el parachoques de una camioneta de la estación.
Su corazón golpeaba con fuerza en su pecho mientras subía los mismos escalones delanteros por los que él la había cargado después de la explosión de la tarde. A pesar de que habían hecho el amor sólo unas pocas horas antes, parecía que toda una vida había pasado desde entonces.
Llamó a su puerta, luego tocó el timbre, pero no obtuvo respuesta. Tomando la posibilidad de que estuviera abierta, había crecido en una casa donde nadie había necesitado una llave, giró el pomo y la puerta se abrió de golpe. Dio un paso dentro, explorando el vestíbulo vacío buscando signos de Pedro.
Él surgió silenciosamente. A primera vista, no parecía diferente. La misma sombra oscura cubría su mandíbula, y se quedó de pie con su habitual confianza en sí mismo. Pero había sido entrenada para mirar más allá de eso y de inmediato notó la tensión alrededor de su boca, la frustración en sus ojos.
—Me enteré de lo de Robbie —le dijo suavemente. Quería extender la mano hacia él, quería que supiera que entendía lo que estaba atravesando—. Lo siento mucho, Pedro.
Sus manos grandes y fuertes la atrajeron hacia él, y estuvo momentáneamente sorprendida por la enorme erección que sintió contra su vientre, pero sólo por un breve momento.
Después de todo, ¿no había tratado con su pérdida
exactamente de la misma manera? ¿No había usado el cuerpo de Pedro para tratar de olvidar su tristeza?
Le debía esto. Y le daría con gusto un pedazo de sí misma si eso le ayudaba a lidiar con su pérdida de alguna pequeña manera.
Se presionó contra él y frotó sus pechos contra la pared de su tórax, y una maldición gruñida estuvo en sus labios cuando capturó su boca en un duro beso. Consciente de sus cortes, suavemente envolvió sus brazos alrededor de su amplia espalda y abrió sus piernas para atraerlo más cerca.
Las manos de él se movieron de sus caderas a su pelo, luego hacia abajo otra vez.
En algún lugar al fondo, oyó una tela rompiéndose, dándose cuenta que había rasgado la camiseta de su cuerpo solo cuando el arruinado algodón cayó al suelo. Su sujetador salió con la misma rapidez, y luego su boca estuvo sobre su piel, caliente e insistente mientras chupaba sus pezones entre sus dientes, ahuecando sus pechos para poder lamerlos ambos a la vez.
Un gemido sonó, tal vez suyo, tal vez de él. Se arqueó en su boca y empujó sus manos dentro de los bolsillos traseros de sus jeans, sus apretados músculos saltaron contra sus dedos. Apenas se tomó el tiempo de abrir su cremallera antes de que le quitara los jeans y la ropa interior, y cuando sus dedos la encontraron ya estaba mojada e hinchada, desesperada por más. Su polla salió libre de sus jeans y bóxer, y la levantó del suelo, forzando sus muslos alrededor de sus caderas.
Instintivamente, envolvió sus piernas alrededor de él y cuando empujó en ella, firme y con fuerza, jadeó de placer.
Su erección tensamente envainada en ella, sus codos trabados alrededor de su cuello, ella enterró su cabeza contra su hombro y se meció arriba y abajo sobre su eje.
Había venido para ayudarle, pero no podía negarse su propia liberación, o incluso reducir la velocidad. Sus músculos comenzaron a bailar alrededor de él, y cuando él empujó más profundo, perdió lo que le quedaba de control y cayó en un clímax increíblemente poderoso.
Pedro la montó constantemente a través de sus ondas de placer, y sólo cuando estaba calmándose de su orgasmo fue cuando él salió y eyaculó caliente contra su vientre.
No podía tomar el aire lo suficientemente rápido mientras se aferraba a él, su piel empapada con sudor y semen. No había planeado esto, no podía haber dado motivos racionales para lo que acababa de pasar entre ellos, pero profundamente en su interior sabía que había sido exactamente lo correcto.
Pedro la alejó de él, las líneas de remordimiento uniéndose a esas de tristeza.
—Jesús, Paula, te ataqué.
La recriminación estaba en cada palabra.
Ignorando su desnudez, tomó su mano.
—Hace seis meses te hice lo mismo. Todo está bien. Entiendo exactamente cómo te sientes.
Sus ojos se encontraron brevemente con los de ella, sólo el tiempo suficiente como para que pudiera decir que él todavía se estaba culpando a sí mismo por todo, incluyendo su rapidito. Rechazando soltar sus manos, lo condujo arriba y a su cuarto de baño. Abrió la ducha y se metió bajo el agua, tirando de él con ella.
—Vamos a lavarnos —le dijo en voz baja —y luego quiero compartir algo contigo. Algo que espero ayudará.
El agotamiento mezclado con la confusión en su corazón cubría su hermosa cara. Se preguntó, ¿cuándo fue la última vez que había dormido? Quería abrazarlo y acariciarle el pelo como si fuera un niño pequeño, hasta que finalmente consiguiera algo de descanso.
Pasó la pastilla de jabón sobre su pecho, tratando de mantener su atención en un simple baño, pero era difícil.
Muy difícil. Se mordió el labio inferior mientras
enjabonaba sus pectorales y seguía hacia abajo sobre su estómago como tabla de lavar.
Él cubrió su mano con la suya antes de que llegara un poco más cerca de su erección en ciernes.
—No me puedo controlar a tu alrededor.
Ella lo miró y reconoció la verdad.
—Lo sé. Me siento de la misma manera.
La pastilla de jabón cayó al suelo de baldosas mientras su boca bajaba sobre la de ella. Pero antes de que le pudiera devolver el beso, él apagó el agua y la envolvió en una toalla.
—Soy un monstruo esta noche, Paula. No quiero hacerte daño otra vez.
—Nunca me has hecho daño, Pedro. Nunca. —Se acercó a su cama y se sentó contra una almohada, metiendo sus tobillos debajo de sus muslos—. Por favor, ven a escuchar lo que tengo que decirte. Y luego, si quieres que me vaya, me iré.
La miró durante un largo momento, sólo el tiempo suficiente para que se preguntara si iba a rechazar su petición.
Finalmente, se enrolló una toalla alrededor de su cintura y se acercó a la cama.
Juntó y separó sus manos en su regazo, mirando fijo sus nudillos enrojecidos. Nunca le había contado a nadie acerca de la noche que había perdido a su hermano. Ni a sus amigos. Ni a su madre. Ni siquiera a la terapeuta que había intentado sacárselo varias veces. No había sido asunto de la mujer. Ahora aquí estaba ella, sentada en la cama de Pedro, envuelta en una toalla, lista para hablar.
—Estaba sentada en la cocina revisando unas facturas cuando recibí la llamada. Todavía sueño con ello, con oír “Antonio ha muerto” y dejar caer el teléfono. De hecho, este se rompió sobre el suelo de baldosas. Destrozado en mil pedazos
Recuerdo sentirme como si yo fuera ese teléfono, como si nunca más fuese a estar completa de nuevo.
Era la cosa más extraña, pero cuando Pedro la abrazó, no estaba luchando por contener las lágrimas. Por una vez, había pensado en Antonio, en realidad había hablado de él, y no estaba llorando. Tal vez ya lo había llorado del todo. O tal vez era que simplemente estar con Pedro y compartir con él había acelerado su proceso de curación.
Sintiéndose mucho más fuerte de lo que había estado por mucho tiempo, se recostó contra el cabecero y acarició suavemente con los pulgares la parte superior de sus enormes manos.
—Su arrendador necesitaba que su casa fuera vaciada, pero simplemente no podía hacerlo. No sin una bebida para entumecerme. Así es cómo te encontré.
Él le apretó las manos.
—Me alegro de que lo hicieras. Me alegro de haber sido yo.
—Yo también —le susurro, poniéndose de rodillas ante él para besarlo suavemente—. Y me alegro de poder estar aquí para ti.
—Estaré bien, Paula —le dijo, y le creyó. Era un hombre increíblemente fuerte. Pero era como él le había dicho una vez, incluso las personas fuertes necesitan ayuda a veces.
—Desde que Antonio murió, me he consumido por el hecho de que un asesino anda por ahí, sólo a la espera de su próxima oportunidad para matar al hermano, o a la hermana, o al mejor amigo de alguien. Gracias por pedirle a Patricio que investigara el caso de Antonio. Nunca sabrás cuánto significa para mí.
—Quiero ayudar, Paula. Cualquier cosa que pueda hacer, la haré.
No quería ser distraída por sus besos, por su toque, antes de decirle lo que había venido a decirle, pero no pudo resistirse a presionar sus labios contra los suyos para silenciosamente dejarle saber cuánto significaba su preocupación para ella.
Obligándose a alejarse de su calor, respiró hondo y trató de poner sus sentimientos en palabras.
—No quiero que caigas en la misma trampa en la cual he estado atrapada, viviendo sólo para la venganza.
—¿Es eso lo que has estado haciendo?
Cerró los ojos, aceptando finalmente la verdad que había estado tratando de esconder durante tanto tiempo.
—Sí, eso es exactamente lo que he estado haciendo.
Él arrastró su cuerpo contra el suyo y cuando apoyó su cabeza contra la dura pared de su pecho, casi olvidó quién estaba reconfortando a quién.
Ella no desenvolvió sus brazos de su calidez cuando le dijo:
—Lo que le pasó a Robbie no fue tu culpa,Pedro.
Lo sintió tensarse.
—No estaba allí para salvar a Robbie. Ahora está muerto.
Trató de retirarse, pero se negó a dejarlo irse. No cuando la necesitaba tan desesperadamente, tanto como ella le había necesitado hacia seis meses.
—Eres uno de los mejores hombres que he conocido. Conduces a tus hombres con honestidad e integridad. Te has ganado su confianza. Y la mía. Para siempre —lo miró y dejó que sus sentimientos profundamente enterrados brillaran a través de ella—. Déjame amarte, Pedro. Déjame ayudarte a sanar.
martes, 29 de septiembre de 2015
CAPITULO 29 (primera parte)
La luna colgaba a baja altura sobre la estación de HotShot cuando Paula entró y vio que estaba casi vacía, excepto por un único hombre moreno sentado a la mesa del comedor, su cabeza inclinada sobre mapas y cartas de navegación. Con un fuego como este, los equipos de HotShot trabajaban durante mucho tiempo e intensamente, tanto como era humanamente posible, tomando sólo cortos descansos para reabastecerse y robar una hora o dos de sueño para recargarse.
Odiaba molestar a los bomberos en medio de un incendio cuando estaban agotados y necesitaban desesperadamente un descanso. Pero cuanto más tiempo le tomara encontrar al pirómano, más peligro potencial enfrentarían los bomberos.
Y por tanto seguiría adelante con su investigación, seguiría haciendo preguntas difíciles.
—Perdóneme, estoy buscando a Samuel MacKenzie.
El hombre levantó la vista hacia ella y se quedó momentáneamente sorprendida por su mirada. Sus ojos eran de un azul intenso, su pelo negro azabache, su mandíbula realmente estaba esculpida, y sus antebrazos eran tendones y músculos.
—Señora.
Ella tragó incómodamente, odiando lo que tenía que decir.
—¿Es usted el señor MacKenzie?
Él asintió, empujó su silla hacia atrás y se puso de pie. Alto con amplios hombros, le dio la impresión de gran fuerza.
—Sra. Chaves, es justo la mujer con la que quería hablar.
—El jefe Stevens me informó que varios testigos vieron a un hombre que tenía su descripción parado fuera de mi habitación del hotel ayer por la tarde.
—Así es.
Los HotShot nunca se echaban atrás ante un desafío.
Bueno, ella tampoco. Lo miró directamente a los ojos.
—Necesito saber por qué.
Cruzó los brazos sobre su pecho.
—Fui a hacerle entrar en razón.
Los diminutos pelos en su nuca se erizaron.
—¿Perdón?
—Tiene al sospechoso equivocado.
No podía soportar añadir a otro HotShot a su lista. Pero Samuel parecía decidido a escribir su propio nombre por ella.
—¿Me está diciendo que sabe quién es el verdadero?
—No, señora, no lo sé.
Durante un momento, había temido que él dijera: Lo estás mirando.
Ella dejó escapar un pequeño suspiro de alivio antes de decir:
—Los testigos dijeron que deslizó una nota por debajo de mi puerta.
—Quería que supiera que había estado allí. Que teníamos que hablar de Pedro. Dependemos de él. Infiernos, casi murió ayer tratando de salvar a mi hermano en una explosión.
Ella dijo suavemente:
—Yo estaba allí. Vi lo que hizo. Lo que tú hiciste.
Pero Samuel no se sintió impresionado por su admiración.
—Lo enviaste al sitio de la explosión con ese maldito analizador de datos, ¿no es así?
—Se ofreció.
—Y estuviste más que feliz de dejarle arriesgar su vida por ti, ¿verdad? Después de todo, si hubiera muerto, habría sido sólo otra víctima en tu hoja de cálculo.
Las manos de Paula se cerraron en puños a sus costados.
—¿Cómo te atreves a acusarme de algo así? No lo quise acercándose a ninguna parte de ese fuego —se abstuvo de confesar que su corazón se había parado casi una docena de veces mientras estaba de pie sobre el tejado y veía como Pedro recogía los datos.
Samuel era implacable.
—Todo lo que sé es que podría haber muerto consiguiendo tus malditos datos. Dos HotShot muertos en dos días, ¿es eso lo que quieres?
Su corazón dejó de latir.
—¿Dos? —debía haberle oído mal— Robbie está en el hospital. Está vivo.
Por primera vez, la expresión de Samel se ablandó.
—Acabo de recibir noticias del hospital. Robbie se ha ido.
*****
Ahora se había ido.
Las piernas de Pedro estaban rígidas mientras seguía a la enfermera a la habitación de Cristian. Le abrió la puerta y puso su mano sobre su brazo cuando pasó por delante de ella.
—Lo lamento —susurró ella, sus ojos tristes y comprensivos—. Te dejaré solo con tu amigo.
Pedro miró el pecho de Cristian subir y bajar constantemente mientras se acercaba a la cama. A pesar de que estaba muy drogado por el dolor, cada pocas respiraciones hacía una mueca. Pedro miró fijamente hacia la cara de su amigo, recordando demasiado bien la agonía grabada a través de esta cuando ellos habían traspasado el fuego.
Les debía a sus hombres, especialmente a Robbie y a su familia, encontrar al pirómano pronto, antes de que nadie más quedara atrapado en sus trampas de fuego.
En silencio, dejó la habitación de Cristian. En el pasillo, llamó a su jefe de equipo.
—Está muerto, Gabriel.
Debido a que la lucha contra los incendios forestales era una de las profesiones más peligrosas del mundo, los psicólogos clínicos pasaban un par de días con el equipo cada año obligándoles a hablar las cosas. Los HotShot entendían que incluso cuando hacían todo bien, a veces, la muerte era un resultado inevitable.
Pero todo era diferente esta vez. Robbie no había muerto en la montaña, manejando una Pulaski. Había sido atrapado en la red de un loco.
El sonido de angustia de Gabriel reflejaba lo que estaba en el corazón de Pedro.
—Era sólo un niño.
—Estaré de vuelta en la estación en quince minutos —dijo Pedro. Por el bien de Robbie, tenía que acabar con el fuego mientras Paula continuaba buscando al pirómano.
Al asesino.
Pero Gabriel no estaba de acuerdo con ese plan.
—Los vientos son demasiados esquivos para que cualquiera de nosotros esté ahí. Todos los del equipo está ya en su camino de regreso. No autorizo a nadie a luchar contra el fuego hasta mañana. Ni siquiera a ti.
La inutilidad atravesó a Pedro.
—Mierda. Debería haber estado allí.
—Nada de esto es tu culpa —dijo Gabriel—. Nada. Vete a casa, Pedro. Trata de dormir un poco.
La señal se cortó antes de que Pedro pudiera tirar de su rango. Quería estar en el Desierto Desolation luchando contra el maldito fuego. Pero Gabriel tenía razón en una cosa; no podía dejar que sus hombres lo vieran así. Era su trabajo no perder la cabeza pasara lo que pasara. Su equipo miraba hacia él buscando fuerza y no los decepcionaría.
Condujo a casa en piloto automático mientras la canción favorita de Robbie, una de Bruce Springsteen sonaba en la radio.
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